En la Misa de Navidad, el Papa León XIV insistió en que la paz no es un ideal lejano, sino un don ya presente en medio de nosotros, encarnado en el Verbo que “se hizo carne”. Esa Palabra que todo lo crea se manifiesta paradójicamente en la fragilidad de un Niño que no habla, pero cuya presencia interpela y reclama acogida, cuidado y ternura, especialmente hacia los más vulnerables: niños, ancianos, víctimas y descartados.

Recordó que acoger a Cristo significa dejarse afectar por el dolor ajeno y salir de la indiferencia, porque la verdadera paz nace cuando la fragilidad del otro nos atraviesa el corazón. La Iglesia, dijo, no está al servicio de palabras prepotentes, sino de una presencia humilde que genera diálogo, solidaridad y misión, caminando siempre hacia el otro.

En la bendición urbi et orbi proclamó que el nacimiento de Jesús es el nacimiento de la paz, porque Él carga con nuestro pecado y nos invita a asumir cada uno la responsabilidad de amar.

Llamó a rechazar el odio y la violencia mediante el perdón, el diálogo y la reconciliación y elevó una súplica por los pueblos heridos por la guerra, la pobreza y las catástrofes, desde Medio Oriente y Europa hasta África, América Latina y Asia, recordando que Cristo es la “Puerta siempre abierta” que sana toda herida y ofrece al mundo una paz verdadera.