Hace meses experimento conversaciones donde queda muy claro que estamos en tiempo febril, en preparación a las próximas elecciones, municipales un poco, presidenciales llamativamente mucho más. Es una percepción tardía…
Como muchos tengo una primera reacción de fastidio, pero logro superar. Entiendo. Hay que prepararse, hay que hacer trabajo político, hay que conversar en serio entre posibles candidatos. No estoy de acuerdo con el uso del aparato estatal a fines partidarios. No estoy de acuerdo con los “bombones” y favores que se regalan para captar la atención, los compromisos y los eventuales votos. Pero sí, hay que trabajar profundamente en la política. Hay que elaborar programas y plataformas de propuestas. Hay que incentivar compromisos ciudadanos que no sean solamente promesas de los candidatos.
Ajépa reiete ha’e upéa… Parece que nadie cree en esto y que hay movimiento sola y justamente en tiempos y para objetivos electorales. No hay formación profunda, permanente. En elecciones anteriores hicimos la experiencia, desde la Diócesis y desde la Conferencia Episcopal, de publicar reflexiones sobre el voto. Básicamente dijimos: no vendas tu voto. Pero nunca esa venta fue tan descarada como en los últimos escrutinios.
Algo me suscita una reacción más fuerte todavía: amigos y amigas, gente buena, se contagia con el virus electoral. No digo que sea imposible que se candidaten. Lejos de mí también considerar que obrar en partidos y movimientos sea un acto irremediablemente corrupto desde la raíz. Creo, como el Papa Francisco lo manifestó en su encíclica Fratelli Tutti, que la política es una vocación altamente digna, un servicio bello e importante. Pero ¿cómo es que las vocaciones pululan solamente en tiempos electorales? ¿Cómo es que en esos tiempos el único camino que se considere es la candidatura? ¿Cómo es que las competencias, capacidades, conocimientos que esa buena gente tiene, de golpe no sean más nada y tengan que transformarse en compromiso partidario?
Muchos de estos intentos no prosperan y, muchas veces, alguien más astuto se aprovecha de la ingenuidad de estos candidatos idealistas. No digo que hay que dejar la política en manos de políticos de carrera llenos de las manias corruptas de sus gremios. No. Pero sí, la política es una carrera, es un don, es una competencia que supone formación y experiencia. Lanzarse solamente por este entusiasmo electoral que hace creer que es la única manera de “incidir”, por haber recorrido un poco el país y “tener gente”, es un suicidio.
Lamento que no aprovechamos el tiempo para hacer una formación más profunda de las bases políticas. Lamento que este tipo de formación, en la cultura atomizada del consumir y tirar sea cada vez más difícil. Lamento que estemos dejando el lugar a intereses egoístas y delincuentes. Lamento que, aparentemente, no valoremos la energía de compromiso manifestada en asociaciones, servicios solidarios, organizaciones que promueven causas sociales, y en tiempos electorales, que nos comportamos como si el único medio válido de “trabajar por el pueblo” sea la candidatura y la entrada en el juego político.
Pero que no se oiga solo mi lamento, que manifestemos nuestra esperanza en un compromiso político basado en la solidaridad y la atención a los más pobres.







