Primer día: “Los laicos y el desafío de educar en la esperanza”.

Celebramos hoy la Fiesta de la Trasfiguración de Jesús, después de anunciar la Buena Nueva en Galilea y habiendo experimentado una pequeña frustración por la poca importancia que daban a sus enseñanzas, va al Monte Tabor con tres de sus discípulos para orar, y allí se trasfiguró, es decir, manifestó su divinidad en comunión perfecta con su Padre.

Aparecieron junto a Él, Moisés y Elías que representan la Ley y los Profetas. Esta visión nos da a entender que Jesús es el anunciado Mesías que sintetiza la Ley y los Profetas. La voz del Padre: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escúchenlo” confirma que es el Hijo de Dios.

Pero, Jesús, cuando bajaban de la montaña dijo a los apóstoles: “No comentéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos”.

Jesús, Maestro, sabía que su fe debía fundamentarse en la vivencia y aceptación de su Pasión, Muerte y Resurrección. Es la experiencia que debemos tener todos para una fe madura y capaz de transformarnos en Discípulos Misioneros transmisores de la esperanza. Esto es importante en una sociedad como la nuestra en la que reina el pesimismo, el negativismo a causa de la corrupción, una justicia poco creíble, primacía del materialismo y del hedonismo, etc. En contraposición de la dignidad humana ya que, objetiviza a la persona.

Ante esta realidad la pregunta que surge es: ¿cómo educar a los laicos en la esperanza?

Haciéndolos ver que Dios no está ausente. Sigue actuando silenciosamente mediante laicos comprometidos dentro de un mundo como el trigo en medio de la cizaña o como levadura en la masa o como un grano de mostaza que se hace arbusto donde se cobijan los pájaros.

Esto requiere formar laicos:

1. Que conozcan a Cristo no solo conceptualmente sino mediante un encuentro personal con Él. Descubrir que su Persona con su modo de vida y sus enseñanzas me causan alegría, me plenifican dándome un nuevo sentido a la vida, me llena de esperanza y puedo transmitir esta esperanza a muchas personas que la necesitan.

A fin de analizar lo que experimentamos como cristianos, es bueno preguntarnos: ¿qué lugar o qué importancia tiene en mi vida la persona de Jesús con su ejemplo de vida, sus enseñanzas y sus acciones? Si la respuesta es que nuestra prioridad es Cristo:

2. Lanzarnos a la misión.

Nos hacemos discípulos misioneros de la esperanza, pero con las características que nos enseña Jesús: amar a todas las personas y acogerlas como hacía Jesús acogiendo a todos sin excepción escuchándolos y dándoles a cada uno lo que necesitaba.

– Inmiscuirnos en el mundo en el que viven y ser testigos de la esperanza que anunciamos. Para ello, es preciso guardar nuestra identidad afrontando los desafíos y adversidades que se nos puedan presentar, incluso a veces, pueden surgir situaciones de violencia o de increpación hacia nosotros por no estar de acuerdo con lo que anunciamos: el Cristo resucitado. Sin embargo, son necesarios los testigos para una buena evangelización de todos los ambientes una presencia real y auténtica de su identidad. Paulo VI nos dice en su hermosa Encíclica Evangelii Gaudium: “El mundo está cansado de escuchar lindos discursos, lindas promesas y lindas palabras. Lo que necesita son testigos que viven los que anuncian”.

– Conocer la Doctrina Social de la Iglesia que nos ilumina como construir una sociedad más justa, más solidaria y más fraterna y aplicar estos conceptos que los describe la Doctrina Social de la Iglesia a las realidades sociales que existen en nuestro país para que en ellas primen estos valores que nos señala este documento.

– Oración contemplativa o dialogante con Dios mediante la palabra de Dios que encontramos en la Biblia y la frecuente participación y recepción de la Eucaristía.

– Comunión con la Iglesia en sus enseñanzas y orientaciones. Es nuestra Madre que nos cobija bajo su manto y nos envía a anunciar la Buena Nueva para incrementar el número de hijos.

– Invocar al Espíritu Santo para que nos dé particularmente el don de Sabiduría y Fortaleza.

– No dejarnos llevar por el cansancio o por el pesimismo. No estamos solos, Dios sigue presente en medio de nosotros y con nosotros. Dios es amor misericordioso y trabaja silenciosamente en el corazón de las personas. Confiemos en Él y seamos con entusiasmo sus discípulos misioneros que trasmitimos esperanza y creamos esperanza.

Pidamos a la Virgen, Nuestra Madre, que supo afrontar los diversos desafíos que se les presentaron, incluso hasta estar al pie de la Cruz, que interceda por nosotros para que seamos discípulos misioneros que trasmitimos y creamos esperanza diciendo “Sí” a Dios como fue Ella. Así sea.

 

Monseñor Ignacio Gogorza

Obispo Emérito de Encarnación

Vía Arzobispado de Asunción