Monseñor Francisco Javier Pistilli
Obispo de Encarnación y gran Canciller de la UC.
“Puedes hacer mucho más en otra ocupación. Desperdicias tu vida. Renuncias a muchas cosas. Te alejas del mundo real. No sabes nada de la vida, vives una ilusión, un ideal que va a pasar. No vas a ser feliz. Estás huyendo de la vida. Te están engañando”. Si nuestros niños y jóvenes hicieran caso a estas objeciones, que a menudo escuchamos, ¿qué sería de la humanidad?
No habría jóvenes que, al terminar su adolescencia, fueran capaces de tomar decisiones importantes, dispuestos a asumir riesgos, a gastar su vida en lo que muchos llaman una locura, un desperdicio, un ensueño juvenil, un ideal loable, pero no razonable, un sacrificio innecesario.
¿Qué sería de nuestro mundo?
No habría maestros preparados para acompañar a nuestros niños y jóvenes en el descubrimiento de sí mismos y de nuestra realidad, atentos a compartir con ellos los conocimientos, viviendo con ellos el desafío de guiarlos en su maduración como personas dignas, libres y con valores. Ellos los preparan para integrarse plenamente en la cultura propia, siendo capaces de dialogar con sano orgullo con culturas de otros lugares. Ser maestro es una decisión de valor, no una opción por descarte o por falta de recursos, sino una contribución esencial a la vida en sociedad.
No habría médicos ni profesionales de la salud decididos a vivir una vida de riesgos en la atención de la criatura más difícil, el ser humano, tan frágil y, a la vez, tan maravillosa creación, vulnerable y, al mismo tiempo, poderosa. Asumen la presión de una profesión altamente estresante, desde su formación hasta su ejercicio diario, confrontados día a día con las escenas más crudas de la enfermedad y la realidad de la muerte, debiendo estar con sus pacientes en los momentos más bellos y en los más temidos.
No habría agricultores ni gente del campo, curtidos bajo el sol y el duro trabajo, para producir el alimento indispensable y mal pagado, para que muchos, con gratitud o sin ella, con poca admiración a su esfuerzo, tengan el pan en la mesa, para sí mismos y los suyos.
No habría fuerzas de seguridad que aseguren el orden en el frecuente caos de la contradicción de nuestras sociedades, que expongan sus vidas para defender la integridad de todos y la seguridad en el escenario de la movilidad, las complejas relaciones interpersonales y el respeto a las normas que regulan la convivencia en paz.
No habría personas que crean en la justicia y hagan de ella un servicio. No habría servidores del bien común, dedicados a promover y asegurar que todos tengan las mismas oportunidades, que defiendan los ecosistemas y la naturaleza, que diseñen nuestras calles, edificios, que generen energía y desarrollen tecnologías, que sean visionarios del futuro y memoria del ayer, que traduzcan en arte los gozos, las pasiones, los aciertos y errores, la ilusión y el desengaño, la tragedia y el dolor, la admiración de la vida y hasta el inevitable desenlace del final.
No tendríamos pensadores que auscultan los fenómenos sociales, los cambios de época y las transformaciones nacidas en descubrimientos, desarrollos, conflictos y nuevas formas de pensarnos y reconocernos a nosotros mismos, los que habitamos este rincón fascinante y abrumador del espacio sideral, creyéndonos que somos todo y, al mismo tiempo, nada.
No habría familia, varones y mujeres dispuestos a crear un vínculo tan sincero y profundo, que eleve el romance a una alianza eterna para ser cuna de vida, hogar de esperanza, refugio y arraigo de la realidad, puerta abierta a catapultar vocaciones de amor y originalidad.
No habría sacerdotes ni religiosas que consagren sus vidas para consagrar las nuestras, que abracen el escándalo de la cruz de las miserias y contradicciones del ser humano para que no pierda su humanidad, que diariamente expongan sus vidas al odio para dar amor, a la ofensa para regalar perdón, al abandono para hacer compañía. A aquellos que son marginados y desechados, considerados menos o despreciables, los siguen llamando y tratando como hijos e hijas amados, que donde hay violencia se hagan escudos de paz y constructores de fraternidad, superando enemistades y rencores, que lloran con el desdichado y celebran las dichas de muchos, que separan las aguas de la vanidad de lo que vale la pena, que allí donde nadie puede hacer nada más, inician una plegaria para volver a empezar, que no conocen vidas sin sentido ni caminos sin salida, que sirvan a comunidades donde no han nacido como si fueran propias, que den la espalda al prestigio del dinero, a la posición de los poderosos y al placer de los superficiales para llevar una vida discreta de servicio al altar, de sumisión al Evangelio y de guías y administradores en la comunión de fe, que bendigan las obras buenas confiando en que servirán a muchos a pesar de tantos egoísmos, que prediquen, aunque pocos los escuchen, del sentido y de la verdadera vida, y mantengan su fe con respeto y apertura frente a otras formas de pensar, que volverían a marcharse y a empezar de nuevo en cualquier lugar, aunque ya haya arraigado en la vida de muchos, una vez concluida su misión.
Si diéramos oído a tantas objeciones, no habría ni juventud, ni vocaciones, ni nada, por lo que valiera el esfuerzo de arriesgarlo todo.
Las vocaciones nacen allí donde uno se sabe llamado a algo más que darle gusto a otros o quedarse en la complacencia resignada de que nada puede mejorar o cambiar.
La humanidad no ha salido adelante por asumir las objeciones de los cansados, de los desilusionados, de los derrotados. Nosotros, cristianos, no nos quedamos abatidos ante aquellos que objetaron a Cristo y lo llevaron al martirio, sino que nos levantamos con él, transformando su cruz en signo de vida, de esperanza, de perdón y fuente de amor.
La fe no está hecha de objeciones, sino de confianza en que lo imposible es posible con Dios, a quien con la fe vemos algunos, aun cuando otros no lo puedan comprender. Los que hemos elegido este camino, y hemos sido confirmados como ministros del Señor, nos alegramos de que nos objeten, porque no seguimos las voces de muchos, sino una sola voz.
En el día del Santo Cura de Ars,
Patrono de los sacerdotes y de los curas párrocos.
Encarnación, 2025







