San Edmundo, Rey y mártir (841 – 870)

La abadía de San Edmundo hace parte, con pleno derecho, de la historia de Inglaterra, porque en este lugar sagrado, en 1215, los representantes de la aristocracia y del clero redactaron la famosa Magna Charta libertatum (Carta Magna de las libertades), con la que se constituyó el primer ejemplo de monarquía constitucional y con la que el rey Juan sin Tierra autorizó un control de las Cámaras sobre la autoridad real.

Una consagración póstuma del santo rey inglés, que vivió varios siglos antes y que murió para proteger su pueblo durante una sangrienta invasión.

Edmundo, nombre que en alemán significa “defensor de la propiedad”, nace en el 841, en el seno de la familia real sajona, no se sabe si en Inglaterra o en Europa continental. En la Navidad del 855, después de la renuncia del rey Offa, su padre, aunque apenas un adolescente, es coronado rey en Burum, por el obispo Humberto de Elman.

Joven de aspecto agradable, valeroso, leal y bueno, será célebre por sus justas, sabias y religiosas disposiciones y por el cuidado especial que muestra hacía las viudas, los huérfanos y los pobres, al punto que la caridad será su verdadera insignia.

Un reinado, en todo caso, difícil y contrariado, marcado por la decadencia política y por la debilidad militar. Edmundo se dedica totalmente a su gente, sin descuidar sus prácticas de fe. Se retira, en efecto, un año entero a Hunstanton, para dedicarse a la oración. En el intento de enfrentar la invasión de los vikingos, provenientes de Escandinavia, y de los piratas daneses, Ingvar y Hubba, Edmundo sucumbe: Para evitar un inútil derramamiento de sangre contra el pueblo y para no causar la condenación eterna del enemigo, decide disolver el ejército. Capturado en Hoxne sobre el WAveney, mientras viaja a su castillo de Framlingham, se le pide firmar un tratado contrario a la religión cristiana. Ante su rechazo, es torturado y asesinado bárbaramente: decapitado, según la historia, y atravesado por flechas, como san Sebastián, según la tradición popular.

Muere pronunciando palabras de perdón y repitiendo el nombre de Jesús, el 20 de noviembre del 870, fecha celebrada solemnemente en Westminster, en Birmingham y en Northampton y por los benedictinos ingleses.

Es invocado contra la peste.

Hoy también se recuerda a los santos Félix de Valois y Octavio.

 

Departamento de Pastoral de Radio Cáritas Universidad Católica