por Mons. Pierre Jubinville.

Obispo de la diócesis de San Pedro Apóstol. Presidente de la CEP. 

 

El sábado pasado, en Santa Rosa del Aguaray, la Diócesis de San Pedro Apóstol celebró un “congreso diocesano”.  Este año lo hemos vivido como una preparación al próximo encuentro de la articulación nacional de las Comunidades Eclesiales de Base que se celebrará en San Pedro Ycuamandyyú, en septiembre.  Estuvimos entre 200, reflexionando sobre el tema elaborado por la articulación nacional: “Sinodalidad, política y esperanza”. 

 

Más allá de este tema, intentamos relevar la importancia de la comunidad.  Hay muchos desafíos en este tiempo, fuerzas que atacan el tejido comunitario y, en nuestro ambiente rural, toda una corriente que considera la comunidad como algo del pasado, caducado.  Hay menos familias intergeneracionales, se insiste mucho sobre lo nuclear (que también está en crisis), las necesidades que otrora se administraban colectivamente hoy se viven individualmente: la recreación, el transporte, la comunicación…  En San Pedro, en un pasado no tan lejano, las comunidades se involucraban en el “desarrollo regional” (salud, educación, caminos, tierra, producción agrícola,…), la gente participaba en reuniones para organizar la futura escuela, el arreglo del camino, la electrificación, la venta en común de un producto, etc.  Hasta el fútbol se organizaba después de la celebración dominical.

 

Muchas de esas necesidades hoy en día están, si no satisfechas, por lo menos en algo atendidas por el complejo estatal.  No lamentamos el hecho de que la necesidad muerda menos.  Al contrario, si la necesidad y la falta de opciones, son el único motor de la vida comunitaria, entonces no hay libertad.  Pero en la cultura actual, consumista e individualista, es más difícil encontrar motivaciones para unir y reunirnos.

 

Aquí la inspiración cristiana puede aportar mucho.  Nos reunimos porque somos el “cuerpo de Cristo”.  La vida comunitaria, según la fe, es un sacramento de la presencia de Dios.  Y esta fe da frutos sociales: tejidos de solidaridad, espacios favorables para la “economía social”, política arraigada y más madura, cuidado mutuo para una educación liberadora, etc.  Esta visión sacramental nos da fuerza, paciencia, resiliencia para participar y humanizar la sociedad.

 

Claro que todo esto no se da sin muchos problemas, dificultades, traiciones, conflictos, contradicciones…  La vida comunitaria no es “un jardín de rosas”.  La comunidad de Jesús lo sabía, las primeras comunidades cristianas, a pesar de la descripción idealizada de Lucas, lo sabían también.  Toda la historia de la Iglesia es tal vez menos un relato de “progresos” que de persistencia en la fe: seguimos creyendo que la comunidad es “Cuerpo de Cristo” y nos convertimos incesantemente a esta fe.  Puede ser que estemos sintiendo más fracasos y retrocesos que frutos y fortalecimiento, pero hemos renovado la opción, en nuestro último plan pastoral (2022).  Hacer comunidad es una importantísima contribución social.