Reflexiones de un obispo
Monseñor Pierre Jubinville
La semana pasada, en un encuentro con una pequeña base de una asociación campesina, me tocó hilar varias experiencias de los últimos 30 años. En los 90, en la primera parroquia que me tocó acompañar en la diócesis de San Pedro, con toda mi ignorancia de la realidad, me interesé en las asociaciones y en la agricultura. Ya se notaba la desorientación y la búsqueda. Me acuerdo de dos… tres reuniones donde intentamos responder a la pregunta: ¿qué queremos? Y me di cuenta, y hasta ahora me doy cuenta de que esta es la pregunta más difícil de responder.
¿Qué quieres? ¿Qué queremos? Para la clase campesina, hace años que está en su tierra, conoce sus rincones, sus pozos, sus piedras, sus plantas naturales, cómo conserva el agua… En aquel tiempo el “picudo” hacía estragos en los algodonales. Muchas instituciones alertaban a las asociaciones: ¡cuidado! No echen sus pequeñas reservas boscosas. No se olviden del autoconsumo. El Estado proponía planos de fortalecimientos, de “fincas modelo”, de nuevos sembradíos.
Las empresas compraban sésamo, plantas medicinales, maíz, empezaba la soja, y siempre madera, leña, esencia de petitgrain: los primeros hicieron planes de proyectos, calculando los recursos necesarios para la asistencia técnica y la integración de estos servicios en el aparato estatal; los estancieros sugerían organizar la producción hacia rubros que ellos necesitaban; los campesinos hablaron mucho y al final presentaron una lista de casos de necesidades (una viuda con enfermo grave en la casa, una familia arruinada por las deudas, un socio cuyo caso de tierra nunca se resolvía, …). Pero todos eludían la pregunta fundamental: ¿qué queremos?
Me acuerdo de unas reacciones violentas. Hubo “líderes” que nos visitaron y que descartaron esta pregunta de los objetivos. Según ellos, nos faltaba análisis político, organización, incidencia, poder. Éramos ingenuos. Déjense de “vyrorei”. Algunos tenían el plan ya hecho. Y no se atrevían a escuchar, a servir la palabra propia de quienes pretendían representar. Porque los objetivos, justamente, son una palabra y un proyecto libre, autónomo (en el sentido profundo y abierto de la palabra).
Ayer y hoy, en la confusión de los discursos, aparecen objetivos formales, pero no el trabajo, la meditación, el proceso que lleva la pregunta: ¿qué queremos? Esta pregunta supone una capacidad de ver la realidad y también caminos concretos hacia la realización de un valor, algo importante individual y colectivamente. Supone mucho tiempo de experiencia, de conversación y de decisiones: ¿qué es importante para nosotros? Este “nosotros”, ¿cómo fortalecerlo? ¿Qué compromisos y fidelidades supone, que aceptamos incluir en el acuerdo?
Hoy, la población rural se ha envejecido mucho. Hay menos ofertas claras desde las instancias “superiores” (Estado, mercado). Muchos consideran la agricultura familiar campesina como un vestigio del pasado. El consumismo es generalizado con sus efectos desmovilizadores e individualizantes. Varias organizaciones intentan hacer un “mapeo” de los recursos y de las necesidades para que salgan objetivos locales propios, pero sigue siendo un ejercicio muy difícil. Se esperan “políticas”, pero muy poco se está tocando, hasta ahora, en forma realmente participativa y comprometida, los objetivos. Lo mismo pasa en la educación, la vida eclesial, la política…
Cuando Jesús habla de la perseverancia en la oración, creo que toca algo de esto. “Cuando el Hijo del Hombre vuelva, ¿encontrará fe en la tierra?” La oración es fiel cuando hay un valor compartido, un “sueño” común (como diría el Papa Francisco), y qué personas se esmeran en encontrar caminos concretos de realización. Los edificios construidos sin hacer este paso son muy frágiles: se fascinan por los medios, por las modas, por promesas falsas. Trabajar, amasar, pulir juntos los objetivos en la reflexión y la acción es una tarea, una tarea política, importante y urgente.







