En el espacio de neurociencia de los jueves, los psicólogos Pablo Silvetti y Pablo Chávez conversaron sobre los efectos emocionales que suelen intensificarse en la época de fin de año. Ambos profesionales coincidieron en que diciembre es un periodo donde se evidencian con mayor claridad las angustias, las pérdidas y tensiones acumuladas, a veces exacerbadas por la presión social de “estar bien” y mostrar felicidad.
Silvetti explicó que estas fechas suelen activar cuestionamientos internos en personas que sienten que “deberían ser felices”, pero no logran experimentar ese estado. Añadió que el contexto cultural, la influencia comercial y la llamada “dictadura del espejo” —la exigencia constante de mostrarse perfecto y alegre en redes sociales— generan una sensación de obligación emocional difícil de sostener.
Chávez, por su parte, señaló que el fenómeno no es nuevo, pero cambió la forma en que se manifiesta. Indicó que el trabajo cotidiano, aun cuando es agotador, suele funcionar como una vía para postergar o “anestesiar” duelos y conflictos internos. Cuando llega el cierre del año y disminuye el ritmo laboral, esas emociones vuelven a aparecer con fuerza, especialmente en quienes arrastran pérdidas recientes o situaciones no resueltas.
Ambos especialistas destacaron que la angustia de fin de año no debe tomarse a la ligera. Explicaron que la mezcla entre expectativas sociales, recuerdos familiares y búsqueda de equilibrio emocional puede derivar en crisis subjetivas, irritabilidad e incluso conductas de riesgo, como la conducción temeraria o el consumo excesivo de alcohol. “Somos seres ambiguos, necesitamos tanto calma como estímulos”, expresó Silvetti.
Al final del debate comentaron la necesidad de que el Estado fortalezca las políticas de salud mental y los dispositivos de atención en crisis, especialmente durante estas semanas. Aunque existe ya la línea 155 de ayuda, ambos consideran que la respuesta institucional aún es insuficiente. “No todo se resuelve con medicación; hay que trabajar con lo que nos hace humanos: el pensamiento, el lenguaje, la historia personal”, concluyó Silvetti.







