El tema que enmarcó la misa en el octavo día del novenario fue “Todos somos peregrinos de esperanza, especialmente los migrantes”. El Monseñor Osmar López, obispo de Misiones y Ñeembucú, retrató una realidad que conoce muy bien en el sur del país: los masivos desalojos y el avance arrasador del monocultivo en nombre del “progreso”, la migración obligada en búsqueda de oportunidades y la pregunta que él plantea: ¿a qué precio se realiza el progreso?

“Yo, que vengo del Sur, de muchos pueblitos de Ñeembucú que cada vez se van despoblando, avasallados por el monocultivo… No estoy en contra del progreso, pero tenemos que preguntarnos: ¿a qué precio? El monocultivo va arrasando departamentos enteros, aislando comunidades completas y, ¿qué es lo que queda?”.

Siguió explicando que, “La gente tiene que salir, abandonar. Quedan los abuelos, pero los niños y la juventud deben irse porque no hay futuro”, describió el monseñor.

Al migrar, no todos corren la misma suerte: “muchos terminan viviendo en barrios periféricos, en condiciones infrahumanas”. También habló del rechazo hacia quienes vienen de otros lugares: “Ha costado integrar a nuestros hermanos indígenas. Cuando hemos intentado instalar una comunidad de hermanos indígenas, la gente se levanta, dice que se va a perder la tranquilidad; no quieren, se cierran. Cuesta aceptar a hermanos de otros lugares porque se los percibe como una amenaza”.

Ante todo, hizo un llamado a cambiar esa actitud y luchar por la dignidad humana, soñar con un país mejor de oportunidades para las familias, “tenemos que reafirmar el derecho a no emigrar. Para eso en el Paraguay necesitamos las condiciones para permanecer en nuestra propia tierra, por eso seguimos creyendo que otro país es posible y luchemos por este otro país con esperanza”, instó.