Santa Cecilia, virgen y mártir (siglo III)

En el Trastévere, en la iglesia de santa Cecilia, se conservan las reliquias de la joven mártir, una santa “que llevaba en el corazón el Evangelio de Cristo y que, de día y de noche, hablaba con Dios”. De ella se sabe muy poco. Fue martirizada en Roma, en el siglo III, como lo narran las pasiones, que se remontan al siglo V, seguramente, perteneciente a la noble familia de los Caecilii, cuyo prestigio y riqueza fue de gran ayuda para los cristianos durante las persecuciones.

La passio, rica en hechos extraordinarios, más que referir la historia de una persona, describe el ambiente en el que se mueve la comunidad cristiana bajo las persecuciones y revela la estima que los cristianos tenían por la mujer, en contraste con la mentalidad de la época. En la comunidad cristiana, una mujer, aunque fuera hija de una esclava, tenía el derecho de casarse o de permanecer virgen, sin sufrir presiones por parte de los padres o de los pretendientes. Cecilia había escogido la virginidad, si bien estaba prometida como esposa a Valeriano, noble de sangre, pero, más aún, de corazón, quien, puesto al corriente de su decisión, se convierte, por obra del Papa Urbano, quien vive oculto en las catacumbas de san Calixto.

Como se había opuesto a las órdenes del prefecto de la ciudad, Turcio Almaquio, que había mandado abandonar a las fieras los cuerpos insepultos de los cristianos, también Cecilia es condenada a muerte. Para evitar una ejecución pública y los posibles riesgos de rebelión, es llevada a casa y encerrada en un horno, a altísima temperatura. Después de un día y de una noche, los guardias abren la puerta y descubren que la joven está viva milagrosamente. Entonces, uno de ellos la hiere mortalmente, abandonándola desfallecida en los brazos de sus familiares. Estos, para rendirle homenaje, habrían puesto su cuerpo en un sarcófago cercano al de los obispos, en las catacumbas de san Calixto, a lo largo de la vía Appia.

Se cuenta que la espada del verdugo no logró cortarle la cabeza. Cecilia, esperó, por tres días, la visita del Papa Urbano y, durante todo aquel tiempo, siguió profesando su fe en Dios Uno y Trino, con los dedos de las manos, sin proferir palabra. En esta actitud, la esculpió Maderno en su célebre estatua. Luego, interpretando, en sentido literal, una antífona litúrgica: “Al sonido del órgano, Cecilia, vuelta la Señora, oraba”; fue escogida como patrona de la música y como protectora de los músicos junto con los fabricantes de instrumentos musicales.

Hoy también ser recuerda al beato Salvador Lilli.

 

Departamento de Pastoral de Radio Cáritas Universidad Católica