Hoy, en el Evangelio de Lucas, Jesús induce a sus discípulos de cuidarse y no dejarse engañar.
Vivimos una época en la cual el cristiano adopta varias formas de dejarse engañar. Una de ella es el autoengaño; se alegra por la cantidad ocasional de participantes en la fiesta patronal, cree que por adornar abundantemente el templo va agradar más a Dios, piensa que por multiplicar los ritos innecesarios es mejor cristiano, considera que por volver a las celebraciones medievales está viviendo la auténtica fe católica.
La otra forma es el dejarse engañar, propiamente dicho; se deja engañar por algunos maestros superficiales que aparecen en las redes sociales, por los eventos religiosos masivos, por los predicadores falsos y estafadores que aparecen en nuestras comunidades, por los manipuladores de la fe y abusadores de la conciencia.
El autoengaño y el dejarse engañar son las formas más antiguas de la alienación religiosa; son las negaciones de la presencia del Señor y el rechazo al compromiso, al riesgo y al peligro que conlleva consigo el seguimiento a Jesucristo; son las expresiones de una fe desencarnada.
Jesús detalla a sus discípulos los indicadores de la verdadera presencia y realización del Reino: los seguidores padecerán la persecución, el encarcelamiento, el odio, la entrega y la muerte. Estos criterios diseñan el mapa de la vida cristiana. Contemplando los signos mencionados por el Señor, comprendemos que se cumplieron al pie de la letra en la vida terrenal del Maestro, y si su seguidor quisiera configurarse con Él, necesariamente debe recorrer por el mismo camino; estas son las señales más claras del testimonio cristiano.
La constancia en los momentos de dolor, sufrimiento, rechazo y abandono es la prueba más fehaciente de la fidelidad del discípulo a Jesucristo y es el anuncio más eficaz del Evangelio.
Pbro. Cristhian Paiva
Diócesis de San Pedro Apóstol.







