En su homilía de la misa de cierre del Jubileo de los jóvenes, el Papa León XIV, realizó una hermosa reflexión sobre la belleza que habita en la fragilidad y la efímera existencia humana, lo que no debe de generar temor, se debe abrazar. Porque “hemos sido hechos para esto. No para una vida donde todo es firme y seguro, sino para una existencia que se regenera constantemente en el don, en el amor”.

Es por ello, explica el Santo Padre, existe una sed que pareciera ser insaciable en nuestro corazón, lo que no debe de confundirse con aspirar a llenar con cosas de este mundo: “No engañemos nuestro corazón ante esta sed, buscando satisfacerla con sucedáneos ineficaces. Más bien, escuchémosla. Hagámonos de ella un taburete para subir y asomarnos, como niños, de puntillas, a la ventana del encuentro con Dios”, el único que puede satisfacer este vacío.

Como lo descubrió San Agustín: “¿Qué es, entonces, esa cosa tan esperada? ¿La tierra? No. ¿Algo que se origina en la tierra, como el oro, la plata, el árbol, la mies, el agua? […] Todas estas cosas causan deleite, son hermosas, son buenas. Y concluía: Busca a quien las hizo: él es tu esperanza. Pensando, luego, en el camino que había recorrido, rezaba diciendo: Y he aquí que tú (Señor) estabas dentro de mí, y yo fuera, y por fuera te andaba buscando”.

Recordando el ejemplo de los próximos santos, los beatos Pier Giorgio Frassati y Carlo Acutis, señaló a los jóvenes el verdadero sentido de todo católico: “Aspiren a cosas grandes, a la santidad, allí donde estén. No se conformen con menos. Entonces verán crecer cada día la luz del Evangelio, en ustedes mismos y a su alrededor”.

 

Gentileza del Arzobispado de Asunción