Aunque se ha construido un nuevo campamento en la isla de Lesbos, las condiciones de vida allí siguen siendo muy precarias y el trabajo de las ONG es cada vez más difícil, afirma el padre Maurice Joyeux, del Servicio Jesuita a Refugiados.

Ciudad del Vaticano

Hace justo un año, en la noche del 8 al 9 de septiembre de 2020, un incendio destruyó el campamento de migrantes de Moria, en la isla griega de Lesbos. Un campamento de migrantes que fue el más grande de Europa, con casi 13.000 personas, hombres, mujeres y niños. Desde entonces, los solicitantes de asilo han sido reubicados en otro lugar, Mavrovouni, en un antiguo campo militar.

A lo largo de los meses, las autoridades griegas se han felicitado por haber vaciado poco a poco los campamentos de las islas. En Lesbos sólo quedan 3.752 inmigrantes, según las cifras oficiales, pero el problema se ha trasladado al continente, a los alrededores de Atenas o a las grandes ciudades donde suelen vivir los exiliados. La cuestión de la atención a los inmigrantes está lejos de resolverse en el país, como explica el padre Maurice Joyeux, del Servicio Jesuita a Refugiados (SJR), quien pasó varios años en el campo de Moria

Entrevista con el Padre Maurice Joyeux, JRS

Se está construyendo un nuevo campamento para los refugiados varados en la isla de Samos. Según Médicos Sin Fronteras (MSF), se trata de una «auténtica cárcel al aire libre». Las personas que viven allí, refugiados de Afganistán, Siria y la República Democrática del Congo, se sienten abandonadas, según la ONG. El pasado mes de junio, MSF publicó un informe en el que denunciaba el sufrimiento causado por el sistema de «puntos calientes» en Grecia y las consecuencias psicológicas en los migrantes atrapados en las islas.

Como explica el padre Joyeux, el acceso y la labor de las ONG que ayudan a los inmigrantes y refugiados es cada vez más difícil, tanto en Grecia como en otros lugares, un signo de una política migratoria europea que se endurece.

Hace unas tres semanas, en un artículo publicado por Vatican News, Patricia, una religiosa escalabriniana coincidía con la percepción del sacerdote Joyeux al preguntarse: «Me pregunto por qué, hoy, en el primer mundo que es Europa, sigue habiendo toda esta dificultad, esta situación complicada, desastrosa y poco humana, que Europa no considera» y luego pone en evidencia las carencias que viven en el campo de refugiados cada día: Pero lo que falta, por ejemplo, es el agua corriente, no hay pozo, viven de cubos, pequeños bidones de agua para lavarse los dientes o lavar los platos». Y, entre los más vulnerables, también hay personas paralizadas, que viven en sillas de ruedas, cuyo camino se hace imposible por el terreno sin pavimentar.

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Campo de refugiados después del incencio


10 septiembre 2021, 11:40