Evangelio de hoy

Santa Isabel de Portugal

Lunes de la 14ª Semana del Tiempo Durante el Año

Evangelio según San Mateo 9, 18-26

Se presentó a Jesús un alto jefe y, postrándose ante él, le dijo: “Señor, mi hija acaba de morir, pero ven a imponerle tu mano y vivirá”. Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos. Entonces se le acercó por detrás una mujer que padecía de hemorragias desde hacía doce años, y le tocó los flecos de su manto, pensando: “Con sólo tocar su manto, quedaré sana”. Jesús se dio vuelta, y al verla, le dijo: “Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado”. Y desde ese instante la mujer quedó sana. Al llegar a la casa del jefe, Jesús vio a los que tocaban música fúnebre y a la gente que gritaba, y dijo: “Retírense, la niña no está muerta, sino que duerme”. Y se reían de él. Cuando hicieron salir a la gente, él entró, la tomó de la mano, y ella se levantó. Y esta noticia se divulgó por aquella región. Palabra del Señor.

Meditación

Súplica confiada y gesto arriesgado. “Tomó, pues, un cuerpo, y un cuerpo que no es diferente del nuestro. Porque no quiso solamente estar en un cuerpo o solamente manifestarse. Hubiese podido llevar a cabo su teofanía de manera más poderosa (Atanasio)”. Enseñaban a confiar en Dios y a practicar la compasión, ya que la vida era manifestación de la presencia de Cristo ante una mujer que representaba la eficacia o no de la ley de Moisés. Pero la gente necesitaba el Espíritu Santo.

Enseñaba Hilario que Jesús “reparte sus dones en el Espíritu, pero no se divide en sus dones. Su fuerza se percibe por la fe en todas partes, porque es para todos y no está ausente en ninguna parte”. Es decir, la solidaridad y la humildad son necesarias para que la potencia de Dios no disminuya los dones de un “cuerpo redimido”. Al sínodo se llegaba juntos, a celebrar la fe auténtica. Así, el cuerpo de María, Virgen, custodiaba el Cuerpo del Salvador que viviría para siempre en todas las iglesias que confían y se arriesgan con amor.

 

¡El Señor es clemente y misericordioso!

Día tras día, te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás.

Grande es el Señor, merece toda alabanza, es incalculable su grandeza.