En el Evangelio de Lucas, Jesús articula la calidad evangélica de las relaciones concretas en la comunidad cristiana: hermano, corrección, arrepentimiento, perdón, fe y servicio.
Estamos en una sociedad donde las relaciones humanas han sido fracturadas a causa de muchas barreras que dividen a las personas. Algunas barreras son: la autosuficiencia, el materialismo, la ausencia de escucha, la falta de interés por el otro, la desigualdad social, la discriminación y el desprecio, la violación de los derechos de las familias y la falta de voluntad para acoger a los más débiles.
Incluso, se ha fracturado la relación con la tierra, nuestra hermana y madre. Todas estas fracturaras y barreras llevan a una crisis de confianza y a una sospecha que afectan a la comunidad cristiana.
El documento final del Sínodo de la Sinodalidad habla de la conversión en las relaciones, de una Iglesia más capaz de alimentar las relaciones y del deseo de relaciones más auténticas y significativas como miembros de una comunidad (cf. n. 52).
El dinamismo de la relación establecido por Jesús para sus discípulos no es una simple estrategia o herramienta para mayor eficacia organizativa; sino que está inscripto en nuestra condición de ser humano, además, es el signo visible de la acción del Espíritu, es el cuidado por el más frágil, es la profunda conciencia de pertenencia a una comunidad, es el camino para construir la fraternidad y es la forma comunitaria de caminar juntos.
Nuestra vocación bautismal nos apremia a sanar, cuidar y restaurar las relaciones a nivel interpersonal, comunitaria y, también, entre los pueblos para generar corresponsabilidad, armonía, esperanza, sueño, hospitalidad, acogida y, sobre todo, testimonio que la comunidad cristiana está llamada a dar en la historia según las exigencias del Evangelio.

Pbro. Cristhian Paiva
Diócesis de San Pedro Apóstol.