por Monseñor Pierre Jubinville

Obispo de San Pedro

Presidente de la Conferencia Episcopal Paraguaya.

Ya hice un billete sobre este tema.  El miércoles pasado, en el Seminario Metropolitano, hemos vivido un encuentro “Iglesia/Estado” sobre el tema de los adultos mayores.  Estuvo el Ministro de Desarrollo Social con su comitiva, el Vice Ministro de Educación Superior, también con delegados, y representantes de un número impresionante de entes del Estado, Municipios, responsables de hogares, servicios de día, asociaciones, Iglesia y otras.  Una mesa de encuentro.  No todavía de concertación.

El encuentro sirvió para ver algo de lo que se hace en este campo. Hubo varios testimonios de servicios proveídos directamente a los adultos mayores y a cuidadoras/es.  El Ministro de Desarrollo Social relató el proceso legislativo y administrativo de la ley de pensión alimentaria.  También habló de la elaboración -en obras- de una política integral para los adultos mayores.

Se citaron algunas cifras.  Ya hay más de 10% de la población en la franja de los 65 años y más.  Esta proporción crece rápido, más rápido que se preveía.  Es una tendencia fuerte en toda América latina.  Para nosotros que hace una década celebrábamos el “bono demográfico”, es una llamada de atención muy importante.  La “cultura del cuidado” es más esencial que nunca.

La expresión “cultura del cuidado” se usa mucho cuando se habla de abusos a los niños, niñas y adolescentes.  Toca la realidad de los adultos mayores que viven también abusos, maltratos y violencias.  Cultura del cuidado significa que colocamos nuestras prioridades de manera a respetar, proteger y fortalecer la vida, sobre todo de los miembros más vulnerables y frágiles de la sociedad.  No todas las personas de 65 años y más necesitan tanta atención, pero muchas sí.

 

La pensión alimentaria es apenas un comienzo.  Se precisa y precisará mucha inversión en la Salud Pública y el Bienestar Social para responder a las necesidades crecientes de esta franja etaria.  El testimonio unánime de nuestra mesa es que los recursos faltan, en todas partes.  Se necesitan equipos multi-disciplinarios en los hospitales, en los centros de día, en los hogares, en cuadrillas ambulatorias…  Se necesita mucha atención y tiempo que las familias menos numerosas y volcadas al trabajo y la educación de los hijos ya no pueden dar.  No lo dan luego, por más que se idealice y se esté deseando familias multigeneracionales y solidarias.  Para ello hace falta condiciones.

 

A este respecto, se habló de una preocupación central: el cuidado de los cuidadores.  Tal vez decir ya: las cuidadoras.  Esas tareas de atención básica, acompañamiento, apoyo, son mayoritariamente llevadas por mujeres.  Y muchas veces las cuidadoras/es se queman en el intento de cuidar.  Si hay un servicio, o una red de servicios que debemos poner en marcha, urgentemente, es ayuda, formación, descansos, apoyo financiero, para esos “cuidadoras/es naturales” que se llevan la mayor parte del trabajo y de la preocupación.

No es para decir que ancianos y ancianas son un peso y un problema.  Hay que incluir a estas personas en el debate sobre su propia condición.  Y, sobre todo, se trata de redireccionar nuestra atención y nuestras prioridades.  ¿Queremos crear condiciones no solamente para la prosperidad económica sino también para la calidad de vida, el respeto a la dignidad, el florecimiento de las personas?  ¿Cómo favorecer redes y comunidades para que llegue realmente e integralmente el bienestar a quienes necesitan?  Estas son las preguntas vitales que enfrentamos.