por Mons. Pierre Jubinville
Obispo de San Pedro Apóstol y Pte. de la Conferencia Episcopal Paraguaya
En las últimas semanas, desde varias fuentes, recibí comentarios, pedidos, observaciones, lamentos sobre el tema de la corrupción en nuestro país. Gente no consigue más trabajo porque no quiere coimear y esto complica la tarea y alarga los plazos. Inspecciones no se hacen con las debidas exigencias cuando se entrega una “colaboración”. Contratos conseguidos a través de licitaciones amañadas. Trámites en varios ministerios pasan por “gestores” que tienen contactos directos con los funcionarios. Policía usa una infracción para hacer entender que se puede “solucionar”. Choferes de transportes grandes presentan ya sus documentos adornados de billetes. Instituciones realizan obras y sobre-facturan. Constructores usan menos materiales y pagan los fiscalizadores. Investigaciones sobre casos de lavado de dinero terminan sin resultado. Las mafias de los pagarés. Profesores venden notas. Empresas se benefician de favores estatales sin tener los requisitos básicos para cumplir con los compromisos. Hasta sacramentos se pagan para no tener que seguir la formación y poder hacer “en casa”. Comerciantes engañan a sus clientes, cobran sin brindar el servicio, roban, mienten. Bicicleteadas presupuestarias mientras se comen los fondos institucionales. Etc. Etc. Este tema no se documenta, ni se comunica por canales oficiales, así que hay muchos más casos, a todos los niveles.
Una vez, escuché a una autoridad replicar: ¡Denuncien! Si no denuncian, son cómplices. Tiene razón esta voz, nos hace falta un rigor más contundente en materia de ética social. Tiene razón esta voz, pero no del todo. Esta respuesta, este llamado a denunciar y a no dejar pasar los casos de corrupción, pone el dedo sobre un punto neurálgico. El ambiente de corrupción es tan generalizado que mucha gente, para no morirse de quebranto y de marginalización, para no estar levantado pólvora todo el tiempo, para no sentir como una desesperante impotencia, termina por normalizarlo en una reacción compleja de dolor, culpa, desánimo, instinto de supervivencia.
Un elemento que alimenta esta reacción es la corrupción de los mismos sistemas de denuncia. Hay mucha gente que trabaja bien en la Justicia, pero por muchas experiencias prácticas de la gente, y varios casos ya mediatizados, hay una percepción de que no se hace caso, de que los trámites largos y costosos terminan en el opa rei. ¿Para qué denunciar y crear problemas si solamente sirve para salir más dolidos? Aquí la Iglesia misma, que sigue recibiendo un alto nivel de confianza, tiene que hacer su auto-crítica: hemos tratado muchos casos de abusos, de malversaciones, de conductas inapropiadas… con un silencio encubridor de los culpables.
Otro mecanismo para disolver el asunto en la postergación y la indiferencia es la polarización política. Cuando se levanta un caso: un grupo apoya, otro reacciona. Denunciar la corrupción sería estar “contra el gobierno”. Un torrente de justificaciones inunda el espacio mediático y se busca, a veces con violencia, a los supuestos desestabilizadores que inician estas campañas. En general, la defensa de los derechos humanos está siendo relegada y marginada.
Estos muchos llamados escuchados recientemente quieren tocar la campana del alarma. La situación está muy deteriorada. Y, como algunos dicen, preocupa menos la mala conducta de los malos que la inacción de los buenos. ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo vamos a instalar este tema para que no deje a nadie indiferente? Nos toca renunciar a la tranquilidad y hacer lío…







