Martes de la 10ª Semana del Tiempo Durante el Año

Evangelio según San Mateo 5, 13-16

“Ustedes son la luz del mundo”

Jesús dijo a sus discípulos: Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en el cielo. Palabra del Señor.

Meditación

El Señor utiliza parábolas de la vida ordinaria para que sus discípulos sean consecuentes con lo que profesan y predican, invitándole a que sus vidas tengan luz del Evangelio y sean como la sal que da sabor y preservar la vida de toda corrupción. La vida tiene sentido cuando tiene sal y luz, ya que un corazón insípido o apagado, ¿para qué sirve? La Iglesia debe ser una ciudad sobre el monte, es decir, debe iluminar, ser el faro que indique el camino a seguir hacia una vida plena y verdadera trazada por Cristo Jesús.

El que me sigue no andará en tinieblas dice Jesús, porque él es la verdadera luz, que ilumina a todo hombre (Cfr. Jn 1,9). El cristiano debe ser lumbrera en la oscuridad del mundo con sus vicios y pecados. Participamos de esa luz cuando escuchamos su Palabra, nos alimentamos de su cuerpo y sangre, cuando nos dejamos arrastrar por su Espíritu de amor. Nuestra identidad es vivir como nos pide el Señor, para que, viéndonos así, el Padre sea glorificado. Ser sabor de Dios y olor de Cristo.

Ser sal humilde, escondida pero sabrosa; y ser luz con la santidad de Dios fecundando el ambiente del Evangelio.

Gracias Señor, porque nos destinas en el mundo tan insípido y desabrido para dar sabor de fe, esperanza y caridad.

Cambia nuestra tiniebla en luz, y transfórmanos con tu Espíritu para que no guardemos en nosotros tus dones.