Hoy, 21 de diciembre, la Iglesia Católica conmemora a San Pedro Canisio, «El Segundo Apóstol de Alemania», considerado pionero de la prensa católica. Formó parte de la Compañía de Jesús, integrando el grupo inicial que formó San Ignacio de Loyola. El Papa Pío XI lo declaró Doctor de la Iglesia el 21 de mayo de 1925.

Su nombre de pila fue Pieter Kanis. Nació en Nimega, Países Bajos, en 1521. Estudió en Colonia (Alemania) y a los 19 años obtuvo el título de “maestro en artes” -algo muy similar al bachillerato actual-. Luego, con el propósito de complacer a su padre, empezó a estudiar derecho canónico. Sin embargo, tras realizar los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola bajo la dirección del Padre Pedro Fabro SJ, se sintió atraído por la vida religiosa y pidió ser admitido en la Compañía. Así, Canisio, hizo sus votos y permaneció en Colonia, donde hizo sus primeros años de vida religiosa.

“Martillo de los herejes”

A San Pedro Canisio se le recuerda por su discurso amable, profundo e incisivo; tanto como por su elocuencia y claridad. Siempre destacó por el rigor de su argumentación. Gustó mucho del debate y de la refutación apologética; por eso algunos le empezaron a llamar “el Martillo de los Herejes” -no porque fuese agresivo o intolerante, todo lo contrario, sino porque era muy hábil y salía siempre victorioso frente a sus oponentes-. Sus debates en los claustros universitarios -algo que muchas universidades hoy dejan de lado- lo convirtieron en uno de los católicos más influyentes de su época.

Sabemos que los tiempos en los que vivió el santo fueron los de la revuelta protestante y sus tristes consecuencias para la unidad del cristianismo; y Canisio estaba convencido de la importancia de recuperar terreno frente al avance del protestantismo, tarea que exigía fortalecer la recta enseñanza de la doctrina católica. En ese empeño supo mantenerse dentro de los límites del respeto y la caridad, y dar ejemplo a quienes quieren apartar a las almas del error. Decía el santo: “No hieran, no humillen, pero defiendan la religión con toda su alma”. También rechazó que a personajes como Calvino o Melanchthon se les responda con insultos y diatribas: “Con palabras así no curamos a los pacientes, por el contrario, los hacemos incurables”. Quizás, por eso, no sea un error pensar que Canisio más que un “martillo de los herejes” fue “martillo de las herejías”.

«Descansaremos en el cielo»

En sus treinta años de incansable labor misionera, San Pedro Canisio recorrió treinta mil kilómetros atravesando Alemania, Austria, Holanda e Italia.

Tenía una especial capacidad para sintetizar las enseñanzas de los teólogos y presentarlas de manera sencilla para que todos pudiesen entender. Redactó hasta tres catecismos, uno de los cuales llegó a tener 200 ediciones y fue traducido a 24 idiomas. En Alemania -epicentro de la Reforma- su texto se hizo tremendamente popular. Por esto se le considera pionero de la prensa católica.

Por otro lado, una de sus principales preocupaciones fue la formación de la juventud. Fundó varios colegios católicos, entre los que estuvo el Colegio Jesuita de Friburgo (Alemania), primer colegio de la Orden de habla alemana, que se convertiría en la actual Universidad de Friburgo. A la par, colaboró con la formación sacerdotal e impulsó la construcción de nuevos seminarios para los futuros sacerdotes. Esto le valió el sobre nombre de «El Segundo Apóstol de Alemania», siendo San Bonifacio el primero.

San Pedro Canisio participó en varias sesiones del Concilio de Trento como parte integrante de la Contrarreforma. Fue un gran promotor de la lectura, consciente de que las buenas lecturas fortalecen la experiencia de la fe. Entre sus iniciativas más interesantes estuvo la formación de una asociación de escritores católicos.

Canisio, prueba de que quien ama a Jesús, ama a María

Finalmente, al santo le debemos la inclusión en el Avemaría del verso siguiente: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores”. Probablemente este sea su legado mariológico más grande. Esta contribución apareció oficialmente en el Catecismo del Concilio de Trento en 1566.

San Pedro Canisio, hombre de profundo amor a la Virgen -a quien defendió en todas las arenas-, murió el 21 de diciembre de 1597, después de haber terminado de rezar el Santo Rosario con sus hermanos. En su agonía alcanzó a exclamar: «¡Mírenla, ahí está! ¡Ahí está!», entregando su alma a la Santísima Virgen, que había llegado para llevárselo al cielo.
Fuente: aciprensa.com