Desde el Centro de Acogida e Identificación de Mitilene, en la isla de Lesbos, Francisco pide al mundo que asuma su responsabilidad y se solidarice con quienes buscan una vida digna

Andrea Tornielli

Cinco años después, el Papa quiso volver a esta isla para visitar a los inmigrantes y refugiados. Al principio de su discurso citó las palabras pronunciadas aquí mismo por el Patriarca de Constantinopla Bartolomé en 2016:

«Quien tiene miedo de ustedes no los ha mirado a los ojos. Quien tiene miedo de ustedes no ha visto sus rostros. Quien tiene miedo de ustedes no ve a sus hijos. Olvida que la dignidad y la libertad trascienden el miedo y la división. Olvida que la migración es un problema del mundo».

Esas palabras del Patriarca que Francisco ha querido repetir nos ayudan a no olvidar, a no darnos vuelta hacia el otro lado. Aprendemos una y otra vez que las personas que están aquí, las que llaman a nuestras fronteras, no son migrantes ni refugiados, no son números, son personas. Aprendamos a mirarlos a los ojos. Son víctimas de la guerra, del odio, del cambio climático, de los traficantes de personas, de los políticos que los utilizan como moneda de cambio. En lugar de mirar hacia otro lado o de dividirnos instrumentalizando el miedo, intentemos, todos juntos, cuestionar el sistema que causa la desigualdad y alimenta las guerras.