Este XXV Domingo del Tiempo Ordinario, Monseñor Carlos Castillo, Arzobispo de Lima y Primado del Perú, hizo un llamado a superar esa visión salvaje de la vida que consiste en las ambiciones personales, compitiendo violentamente y entendiendo al otro como enemigo.

Ciudad del Vaticano

«Todavía no tenemos estructuras servidoras, organización nacional servidora, mentalidad servidora, y para eso necesitamos promover una cultura de servicio y no de sirvientes, desde el primer lugar hasta el último, para estar disponibles a ayudar al Otro sin sacar ventaja o beneficio personal», lo dijo Monseñor Carlos Castillo, Arzobispo de Lima y Primado del Perú, en su homilía de este XXV Domingo del Tiempo Ordinario.

El anuncio de la pasión del Señor

Comentando el Evangelio de este domingo (Mc 9, 30-37), el Arzobispo de Lima explicó que Jesús ha querido conversar íntimamente con sus discípulos para transmitirles algo que viene de lo más hondo de su ser: el Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le darán muerte, y tres días después de muerto, resucitará. «Estas cosas habían pasado con muchos profetas en la historia del pueblo de Israel, como ha pasado en nuestra historia peruana – precisó Monseñor Castillo – tantos justos que han muerto por la Patria, tantas personas abandonadas por quienes gobernaban, cuántos héroes nacionales nuestros son actualmente mártires, porque fueron abandonados por quienes deberían haberlos ayudado».

El Hijo del hombre está para servir y no para ser servido

En ese sentido, Monseñor Castillo señaló que, Jesús ubica a esas personas en su historia y recoge esta imagen del Hijo del hombre, que también hace referencia a todo aquel que ha vivido de forma justa y no ha respondido con las mismas artimañas de los vengativos: «Jesús ha anunciado el Evangelio, Él decide ir al centro, a Jerusalén – donde están quienes quieren matarlo – para anunciarles una novedad: Dios es amor y sólo amor. Él ha venido para poner como principio que el Hijo del hombre está para servir y no para ser servido». Esta situación de dolor y de injusticia también se vive en el día a día, precisó el Arzobispo de Lima, cuando las personas son insultadas, ofendidas y agredidas. «Esas cosas terribles nos suceden porque existe una actitud de encerramiento y codicia que nos impide ver al Otro, ver las necesidades de los demás».

Superar la visión de competencia violenta y egoísmo

Asimismo, el Primado del Perú reflexionó sobre la actitud de los discípulos, quienes discutían sobre cuál de ellos sería el primero: «Cuando las ambiciones poseen a la gente nos olvidamos de los demás, actuamos en base a lo que es conveniente individualmente. ¿Quién es primero? ¿Quién es más fuerte que otro? ¿Quién es mi competidor para poder destruirlo? Esa visión salvaje de la vida en donde estamos todo el tiempo compitiendo casi violentamente, entendiendo al Otro como enemigo, es lo que el Señor quiere que superemos». Para explicar eso, Jesús instruye a sus discípulos sobre la importancia de ser el primero, pero situándose sencillamente como servidores, sin buscar prestigios ni alardear, sino proponer maneras inventivas de anunciar el Evangelio del Señor en medio de nuestra vida cotidiana.

Dios nos llama desde el Otro, nos interpela

El Arzobispo de Lima explicó también el gesto que tuvo Jesús al colocar a un niño en medio de todos: «Los niños, en el tiempo de Jesús, no tenían derechos, un niño era un ‘no humano’, porque al no tener derechos, se podía hacer lo que se quisiera con él. Un niño es puesto en el medio por Jesús para decir que todo creyente, todo verdadero discípulo del Señor, y todo ser humano, está llamado a acoger al ‘no persona’». Por esa razón es que Jesús recibe al niño, lo abraza y nos recuerda que recibir a un pequeño, a un necesitado, a un pobre, a un niño, es recibir al mismo Dios: «Esto nos muestra que la identidad entre Dios y los pobres es fundamental, y esto tiene una importancia muy grande para nuestra fe, porque a veces creemos que Dios simplemente es ‘el que está arriba’. Dios ‘es el que está’ en el corazón de cada ser humano, especialmente en el ser humano herido, y, por lo tanto, Dios llama desde el Otro, nos interpela».

Homilía de Monseñor Carlos Castillo, Arzobispo de Lima, Perú