Abraham Barberi era conocido como el «pastor de los raperos», anfitrión de conciertos cristianos del género dirigidos a atraer a jóvenes traficantes de drogas en México y cambiar su rumbo. Ahora, ofrece lecturas tranquilas del evangelio a un nuevo rebaño: más de 200 migrantes de Centroamérica y Sudamérica que sueñan con cruzar el Río Grande y llegar a Estados Unidos.
El pastor bautista de Matamoros, una ciudad mexicana separada de Estados Unidos solo por el río, todavía está al frente de su ‘iglesia hip-hop’, pero ha transformado su Instituto Bíblico Bautista Sola Scriptura en un refugio temporal para aquellos en el largo y duro camino hacia lo que esperan será una vida mejor.
El pastor Abraham Barberi alberga a migrantes en Matamoros en un instituto bíblico que supuestamente iba a ser un refugio por dos semanas, pero las personas continúan llegando© AFP Sergio FLORES
El cambio en el edificio con su fachada amarilla se produjo en febrero, después de que las autoridades cerraran un campo de refugiados en la ciudad luego de que a sus ocupantes se les permitiera cruzar la frontera mientras se procesaban sus solicitudes de asilo.
Como los trámites tardaron en completarse, las autoridades pidieron a Barberi que albergara a los últimos 56 ocupantes del campamento.
El pastor mismo fue una vez un migrante inducomentado, involucrado en el tráfico de drogas y el crimen, e incluso pasó un tiempo en prisión. Ahora, con su centro de estudios bíblicos vacío debido al covid-19, no pudo decir que no.
“Se suponía que íbamos a abrir solo durante dos semanas. Y en esas dos semanas, todos, la mayoría cruzaron la frontera”, dijo a la AFP.
“Pero mientras tanto, los recién llegados a Matamoros se enteraron de nuestro refugio”, explicó.
“La gente viene a nuestras puertas, las mamás con niños pequeños, y ¿qué hacemos? No podemos decir ‘No, no te albergamos’. Tenemos que tomarlos, ¿no? Así que ahora tenemos más de 200 personas”.
Apertura
En el instituto, los migrantes esperan en el calor abrasador de fines de mayo que Estados Unidos revise o reconsidere sus solicitudes de asilo, mientras tratan de olvidar su difícil situación y su aburrimiento.
Algunos miran sus teléfonos. Otros contemplan a sus hijos mientras juegan. Han pasado meses desde que Barberi aceptó a los primeros refugiados, y el Instituto Bíblico todavía recibe nuevas solicitudes de refugio a diario.
Un grupo de migrantes en Matamoros se traslada en una camioneta para ser testeados por covid-19© AFP Sergio FLORES
La llegada masiva de migrantes fue atizada a raíz de que el nuevo gobierno estadounidense del presidente Joe Biden, con la intención de romper con las draconianas políticas migratorias de su antecesor Donald Trump, permitió que los migrantes esperen en suelo estadounidense la respuesta a sus solicitudes de asilo.
Muchos interpretaron la medida como una “apertura de fronteras para todos”, explica Barberi. “Por eso la gente inundó las ciudades fronterizas de México y ahora tenemos tanta gente”.
Pero muchos obstáculos persisten para los que llegan a la frontera. Entre ellos, el hecho de que las autoridades de migración no han aceptado nuevos registros desde el 21 de enero.
Otro obstáculo es una ley conocida como Título 42, que argumentando la pandemia de covid-19, evita que los solicitantes de asilo ingresen a Estados Unidos.
Entonces, a muchos no les queda más que esperar en Matamoros en el refugio de Barberi, a veces por meses.
“No podría quedarme”
Sin embargo, un empleado del instituto bíblico recorre el edificio en busca de las aproximadamente 20 personas cuyos nombres acaba de recibir en su correo electrónico. Ellos podrán ingresar legalmente a Estados Unidos en los próximos días para ser escuchados por las autoridades.
Los migrantes reciben asistencia legal de algunas asociaciones estadounidenses. Sin embargo, incluso con esa posibilidad, su espera en Matamoros se habrá extendido por más de un año.
Su alegría es sin alardes, silenciada por el respeto hacia los demás que todavía tienen una larga espera por delante, o tal vez por el miedo a lo que pueda seguir.
Felipe Atanasio Sánchez, de 21 años, tiene problemas para encontrar las palabras. “Mataron a mi padre y yo no podía quedarme en México… Por el crimen, me sentí vulnerable”, cuenta.
“Ahora me siento feliz, motivado. No sé qué decir, estoy emocionado”, dice antes de subirse a la camioneta que le permitirá realizarse una prueba de PCR covid-19, el último obstáculo que debe atravesar antes de llegar a suelo estadounidense.
Para Barberi, guiar a personas como Sánchez al otro lado es un logro.
Pero su orgullo también está en el conductor del vehículo que lo traslada a él y a otros del refugio: un exsicario del narcotráfico que se arrepintió y ahora se dedica a servir a los demás.