Como católica y defensora de la familia y la infancia, me duele (y mucho) los escándalos en los que la Iglesia se ha visto inmersa últimamente, me duele no sólo por el daño que se ha hecho a los seres humanos más inocentes e indefensos, que son los niños, y a sus familias. Me duele aún más, porque por el pecado y las desviaciones de aquellos que prometieron hacer el bien, estamos pagando todos los que formamos parte de la Iglesia.
No creo que exista católico razonable que justifique o no sienta un profundo enojo y repudio por los abusos. Y, aunque parezca que desde nuestra posición, poco podemos hacer, tenemos la responsabilidad de primero que nada, rezar más y con más fe, de pedir perdón a Dios por nuestras faltas y por las de los demás. Rezar para que pronto podamos como Iglesia reparar los daños y prevenir más abusos. Y en segundo lugar, comprender que de todo mal, debemos sacar un bien, en este caso aprendizaje.
Ojalá que como católicos aprendamos que ‘todos somos capaces de los peores errores y los peores horrores’ que el ser católicos no es signo de estar exentos de todo mal, sino que es un signo de lucha constante y diaria.
Que aprendamos también a reorientar correctamente nuestra fe, plantearnos la pregunta: ¿en qué baso mi fe? Que nuestra fe no dependa de las acciones que los pastores de la Iglesia hagan, pero sí en las enseñanzas básicas de la Iglesia que parten de Cristo. Y para ello, debemos profundizar más en ellas. Preguntarnos: ¿alguna vez he leído el Catecismo de la Iglesia Católica? ¿Con qué frecuencia leo la Biblia, asisto a clases de doctrina o participo en mi parroquia? ¿cuál es mi nivel de compromiso con mi fe?
Recordemos que Judas, uno de los más importantes y cercanos seguidores de Jesús fue quien lo traicionó, y no por eso los demás dejaron de creer en Cristo.

Que recordemos que los pastores viven la misma lucha que todos nosotros, que así como existe abuso sexual infantil en cualquier ámbito, nadie (religiosos o laicos) estamos exentos de caer. Que el mal existe y que no descansa por ver al bien fracasar. Que recemos más por nosotros y por nuestros sacerdotes y religiosos.
Que los pastores nos sirvan de ejemplo solamente, que así como tenemos personas que son nuestros puntos de referencia, por sus valores, virtudes o cualidades, (por ejemplo, un deportista que admiremos por su dedicación y esfuerzo), así tomemos como ejemplo, personas que viven la doctrina de la Iglesia de manera ejemplar (cabe mencionar que son muchísimos más los sacerdotes, religiosos y laicos que día a día realizan una labor silenciosa, coherente, humilde y entregada al bien), y ser lo suficientemente maduros para aprender, de los errores de otros, lo que no debemos hacer.
Que aprendamos también a ver más allá de los errores, de ser menos justicieros y más comprensivos con los demás, porque reconocemos que nuestra naturaleza es débil y podemos equivocarnos, que pongamos más en práctica el perdón que nos enseña nuestra fe. Un perdón que libera y que proviene de actos de amor.
Creo que la Iglesia a lo largo de los años ha tenido etapas en las que Dios permite que sufra, como una sacudida para ajustar las tuercas, y como sacrificio para recordarnos nuestra debilidad y crezcamos en humildad. Así como un padre que en ocasiones permite que su hijo se equivoque para que aprenda, porque sabe que en ese momento, experimentar el fracaso en cabeza propia le enseñará más que lo que él pueda decirle.
Hoy más que nunca comprendo el sufrimiento por el que pasan personas musulmanas de gran calidad humana (y vaya que conozco algunas que estimo mucho) que son duramente criticadas y etiquetadas de terroristas a causa de la mala actuación de otros que han malinterpretado las enseñanzas de su religión.

Pero que esta crisis por la que atravesamos, no nos desanime y que en lugar de dividirnos, nos unamos más, que nos comprometamos más en hacer el bien y que el mundo se dé cuenta que también existen muchos más católicos haciendo cosas extraordinarias a favor de la humanidad.
Hoy más que nunca, recordemos estas palabras de San Josemaría:
“Vosotros, como yo, os encontraréis a diario cargados con muchos errores, si os examináis con valentía en la presencia de Dios. Cuando se lucha por quitarlos, con la ayuda divina, carecen de decisiva importancia y se superan, aunque parezca que nunca se consigue desarraigarlos del todo. Además, por encima de esas debilidades, tú contribuirás a remediar las grandes deficiencias de otros, siempre que te empeñes en corresponder a la gracia de Dios. Al reconocerte tan flaco como ellos —capaz de todos los errores y de todos los horrores—, serás más comprensivo, más delicado y, al mismo tiempo, más exigente para que todos nos decidamos a amar a Dios con el corazón entero. Los cristianos, los hijos de Dios, hemos de asistir a los demás llevando a la práctica con honradez lo que aquellos hipócritas musitaban aviesamente al Maestro: no miras a la calidad de las personas. Es decir, rechazaremos por completo la acepción de personas —¡nos interesan todas las almas!—, aunque, lógicamente, hayamos de comenzar por ocuparnos de las que por una circunstancia o por otra —también por motivos sólo humanos, en apariencia— Dios ha colocado a nuestro lado.”

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