Conmocionado, Sugeng habitante de la isla de Adonara, este de Indonesia, mira el desastre causado por las inundaciones, que ahogaron a su hija, destruyeron su casa y lo dejaron herido.

Sugeng, 60 años, y su familia dormían el domingo cuando una lluvia torrencial cayó sobre el este del vasto archipiélao indonesio.
“De pronto escuchanos gente que gritaba ‘inundación’”, cuenta Sugeng, al recordar esos segundos que cambiaron su vida para siempre.
Él y su esposa alcanzaron a salir de la casa, pero a su hija de 20 años se la llevó el torrente. Su cuerpo fue hallado más tarde en una playa.
“Intentó agarrarse a un armario, pero la corriente era tan fuerte que perdió el control”, recuerda Sugeng. “Ayer enterramos a mi hija. Estoy destrozado”, agrega.
La isla de Adonara, donde viven unas 125.000 personas, se encuentra entre las zonas más afectadas por las inundaciones y deslizamientos de tierra que se han cobrado más de 150 vidas en Indonesia y el vecino Timor Oriental.
El desastre fue causado por las lluvias torrenciales y los fuertes vientos desatados por el ciclón Seroja, uno de los más destructivos en años en la región, que azotó una serie de islas en el sudeste asiático.
Destrucciones provocadas por las inundaciones en la isla de Adonara, Indonesia, el 4 de abril de 2021© AFP Joy Christian
La lejana isla de Adonara, conocida por las playas y su volcán, solo es accesible en barco y no tiene hospital.

Más de 50 habitantes fallecieron y este miércoles seguían desaparecidas unas diez personas.
“Un ruido ensordecedor”
Las autoridades indonesias han dicho que están tratando de evacuar a los heridos en helicóptero a una ciudad con un hospital y brindar refugio a las personas que quedaron sin hogar por el desastre.
Entre los evacuados se encuentra Elisabet Lena Huki, 61 años, refugiada en un edificio del gobierno local con su esposo, padres, hijos y nietos.
Elisabet Lena Huki regresaba de la misa de Pascua, la isla es predominantemente católica, cuando ocurrió la tragedia.
“Nos apresuramos a volver a casa desde la iglesia debido a mis padres ancianos”, cuenta.
“De repente, escuché un ruido ensordecedor y le grité a mi esposo, que estaba durmiendo, que había una inundación”, recuerda.
Fue una situación caótica, los vecinos gritaban asustados mientras la familia de Huki buscaba frenéticamente en la casa inundada a su sobrino Yeremias.
“No ha vuelto a aparecer”, solloza, pensando en el hombre de 33 años al que considera un hijo.
“Quiero que lo encuentren, aunque sea solo su cuerpo (…) para que podamos enterrarlo y visitar su tumba. Ese es mi único deseo ahora”, dice entre lágrimas.
La familia logró salvar lo que tenían puesto, nada más, todo el resto de lo llevaron las turbulentas aguas.
“Necesito pañales para mis padres ancianos, pero las tiendas están cerradas”, se preocupa Huki.
“Estamos todos exhaustos, aturdidos. No estoy pensando en el dinero ni en nuestro negocio en este momento, solo quiero que mi familia tenga refugio”.