El Prefecto de la Secretaría para la Economía explica el balance consolidado de la Santa Sede en el año de la pandemia: el déficit es de 66,3 millones de euros, pero se ha recurrido al Óbolo en menor medida que en años anteriores para apoyar los gastos relacionados con la misión. Aumentaron las contribuciones a las iglesias más necesitadas.

Andrea Tornielli

Fue un año difícil que obligó a los dicasterios vaticanos a reducir gastos. Un año en el que se usó menos dinero del Óbolo de San Pedro que en el pasado para apoyar el servicio de los dicasterios para la misión del Papa, pero se dio más ayuda a las iglesias de los países más afectados por la pandemia. Esto es lo que se desprende del balance consolidado de la Santa Sede que el Padre Juan Antonio Guerrero Alves, Prefecto de la Secretaría para la Economía, presenta en esta entrevista.

Con las cuentas claras del balance consolidado, ¿cómo fue el 2020, el año de la pandemia?

Con todo lo acontecido, fue mejor de lo que esperábamos. No puedo decir que fue un año bueno. Pero dadas las circunstancias, puedo afirmar que para el 2020, antes de la pandemia, habíamos presupuestado inicialmente un déficit de 53 millones de euros. Cuando apareció el COVID las previsiones de déficit que hicimos en el mejor escenario eran de 68 millones de euros y, en el peor, de 146 millones de euros. En el escenario medio el déficit era de 97 millones de euros; revisamos el budget en marzo aceptando un déficit de 82 millones de euros. El resultado de 66,3 millones de euros de déficit ha sido un poco mejor que el mejor escenario, y mucho mejor del previsto en el presupuesto revisado. La buena noticia es que con los esfuerzos hechos los resultados han quedado muy parecidos a un año normal.

El déficit ordinario ha sido 14,4 millones de euros menor que en 2019: 64,8 millones de euros en 2020 frente a los 79,2 millones de euros de 2019. Sin duda, este es un resultado mejor. Sin embargo, el rendimiento de las inversiones financieras ha sido 51,8 millones de euros menor y el resultado extraordinario ha sido también 17,8 millones de euros menor.

¿Qué significa esto?

Significa que el déficit del año pasado fue de 11,1 millones de euros y este año de 66,3 millones de euros. Pero debo recordar que aquí solo presentamos el balance de la Santa Sede. Está también el del Governatorato, el del IOR (Instituto para las Obras de Religión) y el de otros muchos entes referidos a la Santa Sede de diverso tipo y tamaño, entre los que hay hospitales, fundaciones, Fondo de Pensiones Vaticano, Fondo de Asistencia Sanitaria, etc., cuyas obligaciones y riesgos afectan a la Santa Sede. Cuando presentamos el año pasado el balance lo pusimos en ese contexto para tener una visión más general. Si pusiésemos todos los entes juntos, el panorama sería algo peor: el déficit actuarial del Fondo de Pensiones pesa sobre la Santa Sede en los próximos 100 años, lo mismo el del Fondo de asistencia Sanitaria tiene su déficit actuarial. Los entes de la Santa Sede no buscan beneficios, no son lucrativos. Muchos tienden a ser deficitarios porque prestan servicios que no se financian completamente. Hay un trabajo importante que hacer en la mejora de la sostenibilidad.

¿Qué permitió que se diera el mejor de los escenarios previstos?

Los dicasterios han actuado con responsabilidad en el gasto y los ingresos han disminuido menos de lo previsto. Se han reducido los gastos. Aparentemente han disminuido poco entre el 2019 (318 millones de euros y el de 2020 (314,7 millones de euros). Solo 3,3 millones de euros. Si eliminamos los gastos financieros, que este año han sido muy altos por la variación en los tipos de cambio, los gastos ordinarios han disminuido casi 26 millones de euros. Y habrían disminuido más si no fuera por 6,7 millones de gastos relacionados con el COVID, además de otro millón incluido en los ordinarios. Es un bello gesto que algunos dicasterios hayan reducido gastos en muchas cosas, mientras que los que están más en relación con iglesias necesitadas, hayan aumentado contribuciones a Iglesias en necesidad por motivo del COVID, a veces disminuyendo su patrimonio, como es el caso del Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral.

En cuanto a los ingresos, habíamos presupuestado 269 millones de euros antes del COVID y han sido 248,4 millones. En las proyecciones de los escenarios pensábamos que los ingresos disminuirían más, pero los ingresos ordinarios realizados del año pasado a este año disminuyeron 11,4 millones de euros, es decir un 5 %. Muchos de esos ingresos vienen de antes del COVID. Veremos si esa tendencia se mantiene en 2021.

¿Por qué es bueno que 2020 sea el año en el que menos se haya necesitado recurrir al Óbolo? ¿Puede darnos algunas cifras del pasado?

La contribución del Óbolo a la misión del Santo Padre en los últimos años ha sido: 2017, 52 millones de euros; 2018, 74 millones de euros; 2019, 66 millones de euros y 2020, 50 millones de euros. En 2019 el Óbolo financió 66 millones de euros de 207 millones (32 %) de los gastos de los dicasterios de misión, es decir, de los no administrativos. En 2020 financió 50 millones de euros de 207 millones (24 %). La explicación es que el aumento o disminución de valor de las inversiones financieras o los ingresos o gastos motivados por la diferencia de tipo de cambio, normalmente,  son ingresos y gastos no realizados. Es decir, están considerados en los libros, pero no tienen necesidad de financiación y no influyen en la caja. Estos se producen en los dicasterios que tienen más inversiones, los cuales con sus beneficios financian parte de la misión de la Santa Sede. Estos, por su parte, han podido contribuir este año con más efectivo a los gastos de los dicasterios de misión, a aquellos financiados por el Óbolo, disminuyendo la necesidad de recurrir al Óbolo. El Óbolo ha recaudado 44 millones de euros y contribuido en 2020 a la misión del Santo Padre con 50 millones de euros, además de 12 millones de euros de erogaciones directas a proyectos concretos en diversos países. Ha gastado 18 millones de euros más de lo recaudado.

¿Cómo ha afectado la crisis a los ingresos?

Los entes que se agregan en el balance que presentamos son de muy diverso tamaño. Nueve dicasterios ingresan el 95 % y gastan el 80 %. Las fuentes de los ingresos ya son conocidas: 58 % (68 % en 2019) generados internamente (alquileres, inversiones, visitantes y servicios prestados), 23 % (18 % en 2019) donaciones externas (de las diócesis o de otras instituciones diversas) y la tercera fuente, 19 % (14 % en 2019), es la procedente de entidades relacionadas, (como el IOR o el Governatorato). El total de ingresos disminuyó 58,5 millones de euros, un 19 %, todo en los ingresos generados internamente que dependen de los visitantes y de la situación económica general.

Las donaciones (tanto las dedicadas como las de las diócesis del mundo) se mantuvieron prácticamente sin cambios, pasando de 55,8 millones en 2019 a 56,2 millones en 2020. ¿Significa esto que la pandemia y ciertos escándalos que han acaparado los titulares no han tenido un impacto importante, o es todavía demasiado pronto para hacer un balance al respecto?

No creo que se pueda ejemplificar así. Nunca hay que sacar conclusiones precipitadas. Y en cualquier caso, debemos aprender una lección tanto de los escándalos como de la pandemia.

¿Cuál es esa lección?

Hay un mensaje que repite Su Santidad, que del COVID podemos salir mejor o peor. Creo que a nosotros nos ha ayudado a darnos cuenta de las fragilidades, identificar líneas de mejora y a dar algunos pasos positivos en el camino de la Reforma. Respecto a los gastos, al inicio decidimos mantener solo lo esencial: sueldos, ayuda a las Iglesias en necesidad y a los pobres. Del resto, cortar lo más posible. Se hizo un análisis estratégico de los gastos y se congelaron algunas partidas. Hemos visto la debilidad de los procesos decisionales y esto nos ha hecho trabajar más coordinadamente con otros dicasterios y, en lo económico, en lugar de trabajar individual y aisladamente, hemos trabajado con otros. Ante la dificultad de obtener la información económica, estamos trabajando en el servicio informático para centralizar datos y acceder más rápido y con menos coste para los dicasterios a los datos. En la reciente reunión del Consejo para la Economía se ha aprobado una nueva lista de los entes, que incorpora las novedades de los últimos Motu Proprio del Papa en materia económica. Un nuevo perímetro de agregación en el balance permitirá tener más visibles los riesgos que penden sobre la Santa Sede para poder enfrentarlos, también una lista de entes que deben centralizar sus inversiones a través de la APSA (Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica).

En cuanto a los números, es cierto que los proyectos con una finalidad concreta financiados por diversos donantes (33 millones de euros) y la contribución de las diócesis a la Santa Sede (23 millones de euros) son muy parecidos al 2019. Pero también hay que decir que la recaudación del Óbolo, que hasta ahora no ha entrado en el consolidado de la Santa Sede, viene disminuyendo en los últimos años: un 23 % entre 2015 y 2019 y, en el primer año del COVID, en 2020, un 18 %. En 2019 recaudó 53,86 millones de euros y en 2020, 44 millones. Al mismo tiempo, es muy posible que transcurra un tiempo entre las colectas y la contribución a la Santa Sede, es decir, puede que en 2020 hayan llegado a la Santa Sede colectas de 2019, por lo que, podremos ver el impacto de la pandemia en el 2021. En cualquier caso, espero que los pasos que se están dando en la buena dirección de una mejor gestión, un control más eficaz y una mayor trasparencia ayuden a recuperar la credibilidad.

Nos ha hablado de las lecciones de la pandemia. Ahora tenemos un importante juicio en el Vaticano ¿Cuáles son las lecciones de los escándalos?

La economía de la Santa Sede no es ni importante por su volumen ni interesante por su contenido. Lo que es importante y de lo que se debería hablar es de su misión, del servicio que presta a la Iglesia y al mundo. Cuando hay interés en hablar de la economía de la Santa Sede suele ser porque algo no ha funcionado como debería. Y esto quita credibilidad a su misión. Bastaría que se hablara rutinariamente una o dos veces al año cuando se presentan los presupuestos y los resultados.

Pero en el caso concreto de este juicio creo que marca un punto de inflexión que puede redundar en una mayor credibilidad de la Santa Sede en materia económica. En primer lugar, este juicio nos habla de un pasado, reciente, pero pasado. Siempre puede haber errores, pero hoy no veo cómo podrían repetirse los hechos sucedidos. En segundo lugar, que se produzca este juicio significa que algunos controles internos han funcionado: las denuncias han partido del interior del Vaticano. Desde hace varios años las medidas que se toman van en la buena dirección. Ya con el Papa Benedicto comenzó el AIF, hoy ASIF (Autoridad de Supervisión e Información Financiera), y el Papa Francisco ha continuado en la misma dirección, creando en 2014 el Consejo para la Economía, la Secretaría para la Economía y la Oficina del Revisor General. Los últimos Motu Proprio del Papa en materia económica han hecho una economía vaticana más trasparente. Moneyval ha reconocido recientemente los progresos hechos en la efectividad, como ha mostrado el Doctor Barbagallo en su reciente entrevista. Seguimos en camino, sabemos que no bastan las leyes, que hay que implementarlas y que deben ser cumplidas hasta generar una nueva cultura. En este sentido, gracias a este proceso, independientemente de su resultado, hemos aprendido y estamos aprendiendo Siempre podemos cometer errores, pero hoy veo muy difícil que lo que ha sucedido se pudiera repetir.

¿Puede darnos algún ejemplo de este aprendizaje?

Tener buenos consultores, para nosotros, que no nos dedicamos a la actividad económica, es muy importante; en esto nos hemos equivocado en el pasado como se puede ver. La selección de los consultores ha mejorado y también el nivel profesional en los dicasterios y entes dedicados a cuestiones económicas en el interior de la Santa Sede. Venimos de una cultura del secreto, pero en economía hemos aprendido que la trasparencia nos protege más que el secreto. También hemos comprendido que somos custodios, no propietarios, y el custodio debe rendir cuentas. Es una cultura que ha comenzado a cambiar. Hoy son muchos los que comprenden que los controles y la rendición de cuentas no significan desconfianza, sino autoprotección y un apoyo a lo que se hace, pues también preserva de errores.

Volviendo a los números, los gastos ordinarios de funcionamiento han bajado de 306,5 millones de euros en 2019 a 280,7 millones en 2020. ¿En qué se ha ahorrado?

Respecto al año 2019 hemos reducido en diversa medida en todos los capítulos. En lo que más hemos reducido es en viajes y eventos, 6,2 millones de euros, un 75 % menos que el año anterior. Otro concepto, que mal llamamos comercial, ha reducido 4,9 millones de euros. Muchas obras de mantenimiento se han pospuesto, esto ha significado gastar 4,6 millones menos; las nunciaturas también se han apretado el cinturón y han reducido sus gastos 4 millones de euros, y la misma suerte han corrido los servicios de consultoría reduciendo 1,6 millones de euros, 19 % menos que el año anterior. El único capítulo que no ha disminuido es el de los impuestos, que se ha pagado prácticamente lo mismo que el año pasado, 18,8 millones de euros.

¿Cree que se han recortado todos los gastos que se podían recortar o se puede hacer más?

Hemos hecho lo que hemos podido hacer respondiendo a los problemas imprevistos que íbamos encontrando con el COVID, que nos ha revelado algunas fragilidades. En consultoría se podría ahorrar algo más si hiciésemos algunos contratos estratégicos con algunos profesionales. Tenemos algunas duplicaciones administrativas que si las eliminásemos ahorraríamos, si no en el corto plazo, sí en el medio. No digo nada nuevo, son temas que se vienen hablando desde hace años, pero aún no se han acometido: pienso en las tecnologías de la información, que hoy tenemos varios centros, un único centro costaría menos. Lo mismo se puede decir de la administración; también ahorraríamos si tuviésemos un solo centro contable en lugar de varios. A todas las personas que servimos en la Santa Sede e instituciones vinculadas se nos ha pedido sacrificios salariales, o de disminuir o de no aumentar. El capítulo de personal este año se ha contenido. Para que pueda haber algo sostenible, manteniendo la justa decisión de Su Santidad de no despedir, y que genere una mayor motivación en el personal, ayudaría hacer un plan con sentido de largo plazo y tener una política laboral con programas de desarrollo profesional y de formación, y una particular atención a la formación en la misión que desarrollamos en la Santa Sede. También esto, a la larga, economizaría.

Con este presupuesto consolidado, ¿ha cumplido la Santa Sede todos los compromisos de su misión?

No creo que hayamos dejado de hacer nada esencial de la misión de la Santa Sede. Ha habido bastante creatividad para poder seguir respondiendo a la misión. Los viajes de Su Santidad se han visto muy reducidos, pero Él ha encontrado modos efectivos de hacerse presente en la vida de la Iglesia y del mundo. Es cierto que los dicasterios más afectados son los que organizan reuniones, convenciones y encuentros internacionales para realizar su misión. Pero se han hecho muchos congresos telemáticos, webinars, reuniones por Zoom, etc. Probablemente hemos aprendido un modo complementario de trabajar. El tiempo dirá en qué medida el COVID ha cambiado nuestros modos de trabajar, celebrar y estar juntos. Y como ya decía antes, el COVID nos ha dado la posibilidad de poder prestar una ayuda nueva en un momento de dificultad para toda la humanidad, haciendo a la Iglesia presente en las zonas con menos recursos para enfrentar la pandemia. La economía ha ido peor, pero la misión se ha ampliado. Una muestra más de que los criterios que mueven a la Iglesia no son económicos.     

¿En qué sectores -y si se puede cuantificar con cifras- los resultados han sido más preocupantes que en el pasado?

Los más perjudicados han sido los que tienen actividad económica. Por ejemplo, el sector que mal llamamos comercial, que incluye los museos que dependen de la Santa Sede y las catacumbas, que están cerrados, o la oficina de viajes ligada a la APSA que no ha tenido mucho trabajo este año. Esto ha supuesto una reducción de ingresos de 11,6 millones de euros y una reducción en los gastos de 4,9 millones, es decir un neto de 6,7 millones menos. Los ingresos inmobiliarios se han reducido bastante, pero menos de lo previsto. El impacto ha sido de unos 5 millones de euros de reducción y otros 5 millones de retraso en el pago. Las inversiones financieras también han andado peor que el año pasado, que fue bueno. Los ingresos han sido 32,1 millones de euros menos y los gastos 19,7 millones más (por tipo de cambios y depreciación del valor de mercado de activos). Es decir, 51,8 millones de euros peor que el año pasado.

La pandemia nos ha mostrado algunas debilidades que no tienen un coste económico aparente. En situaciones como la que hemos vivido y estamos viviendo es esencial poder tener una información económica inmediata para poder tomar las decisiones más convenientes. Obtener la información económica es costoso y lento.

¿Qué motivó la decisión de mantener la mayor liquidez posible a costa de las inversiones a largo plazo? ¿Qué resultados ha dado esta estrategia?

Esta es una consecuencia de la dificultad de conseguir información económica. La incertidumbre de la pandemia nos ha hecho mantener la mayor liquidez posible. Algunos anunciaban una caída de las bolsas, y si hubiésemos necesitado vender en un momento de baja puede que hubiéramos tenido que malvender. Hemos preferido tener liquidez, conociendo nuestros flujos de caja, para no vernos obligados a vender en una posible situación negativa. No siempre es inmediato conocer de la liquidez de que disponemos. Esto ha significado disminuir el beneficio financiero. Creo que era lo prudente en la situación en que nos encontrábamos.

¿Se ha materializado el traspaso establecido por el Papa de la gestión de los fondos de la Secretaría de Estado a la APSA? ¿Puede decirse que ya es una reforma operativa?

Absolutamente. Los fondos están en la APSA, son gestionados por la APSA en un modo trasparente. Se prepara la venta del edificio de Londres, se siguen los procesos judiciales en curso contra quienes creemos que han lesionado los intereses de la Santa Sede. Damos continuidad a un proceso que había comenzado en la Secretaría de Estado antes de que los fondos pasaran a la gestión de la APSA. Somos conscientes de que es muy distinta la velocidad de hacer una ley, la de su puesta en práctica y la de los cambios en las costumbres o las culturas. Unas veces es necesaria inteligencia, otras, voluntad y otras, paciencia.

¿Cómo se realizarán las inversiones en el futuro?

El Consejo para la Economía trabaja en la elaboración de una política de inversiones, en 2020 un grupo ha trabajado en el diseño de un comité de inversiones. Mientras estas políticas generales se delinean e implementan, el IOR ha mejorado y renovado su equipo de inversiones y la APSA está incorporando nuevas políticas de inversión mobiliaria e inmobiliaria más eficaces y transparentes.

A partir de esta valoración y de las dificultades del momento, ¿cómo ve el futuro a corto y medio plazo de la Santa Sede?

La tendencia de los últimos años es de disminución de ingresos y disminución de gastos en menor proporción. Podemos esperar que un tipo de ingresos se recuperarán cuando se recupere la actividad, me refiero a los servicios, los relacionados con los visitantes, con los alquileres. Si la actividad económica se recupera, tanto el Governatorato como el IOR podrán mantener y quizá aumentar su nivel de contribuciones al presupuesto. La mera contención de gastos no es una solución estable. Es razonable que aumenten cuando se reanude la actividad, los viajes, los congresos, etc., aunque algo podemos haber aprendido de este tiempo. Por otra parte, debemos seguir insistiendo en mejorar la rentabilidad de las inversiones mobiliarias e inmobiliarias. Y hay espacio para ello. Trabajamos en esa dirección.

¿Qué se espera para el futuro?

No sabemos como será el futuro, pertenece a Dios y no podemos sino verlo con esperanza. No sabemos aún el desarrollo que puede seguir la pandemia. Cuando creemos que va a disminuir o desaparecer, llegan noticias de que aumenta el número de contagios. Con todo, parece que va perdiendo la gravedad primera y no parece que haya riesgo de colapso sanitario de nuevo. No sabemos cómo la pandemia ha cambiado y cambiará el modo de celebrar y estar juntos. No sabemos cómo cambiará a la comunidad cristiana. Sin embargo, sabemos que desde hace unos años todos los pasos que da la Santa Sede en el terreno económico van en la buena dirección: coherencia con su doctrina social, transparencia, control, eficiencia… La vida siempre se abre paso y encontraremos caminos para avanzar.