Cuando se acerca el primer aniversario del golpe militar en Myanmar, el 1 de febrero, el cardenal Charles Bo habla con Vatican News para expresar los sentimientos del pueblo y de la Iglesia, al tiempo que hace un llamamiento a la junta militar y a la comunidad internacional.

Robin Gomes – Ciudad del Vaticano

Cuando el 1 de febrero se cumple el primer aniversario del golpe militar en Myanmar, los obispos católicos del país reiteran su cercanía al pueblo que sufre, instando a la Iglesia y a los cristianos a ser «el sanador herido» y «un instrumento de paz».

«Sentimos vuestro dolor, vuestro sufrimiento, vuestra hambre; entendemos vuestra decepción; entendemos vuestra resistencia», dijo el arzobispo de Yangon en Myanmar, el cardenal Charles Bo, a la población del país en un mensaje enviado a Vatican News antes del aniversario del martes. «A los que sólo creen en la resistencia violenta les decimos que hay otros medios», afirmó el cardenal, que también es presidente de la Conferencia Episcopal del país (CBCM).

El 1 de febrero de 2021, el ejército de Myanmar, dirigido por el general Min Aung Hlaing, depuso al gobierno electo de la Liga Nacional para la Democracia de Aung San Suu Kyi, deteniéndola a ella y a otros líderes electos. El golpe provocó protestas y huelgas generalizadas para exigir la liberación de la líder y el restablecimiento del proceso democrático.

Las fuerzas de seguridad de la Junta Militar respondieron con una violenta represión contra los opositores al golpe, matando hasta ahora a casi 1.500 manifestantes y deteniendo a más de 11.700 personas. El golpe marcó el fin de 10 años de reformas encaminadas a un gobierno democrático tras casi cinco décadas de duro gobierno militar.

Vía Crucis prolongado

El cardenal Bo, que hizo numerosos llamamientos a favor del retorno pacífico al régimen civil y del respeto de los derechos humanos y la libertad, expresó su profunda preocupación por la desesperada situación de la población. Describió el sufrimiento humano bajo el régimen militar como un «prolongado viacrucis, donde el Jardín del Edén se convierte en el Monte Calvario».

Según las últimas estimaciones de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA), se cree que los disturbios de Myanmar han sumido en la pobreza a casi la mitad de los 54 millones de habitantes del país, echando por tierra los notables avances conseguidos desde 2005. Se calcula que 14 de los 15 estados y regiones han superado ya el umbral crítico de la malnutrición aguda.

La OCHA calcula que de los 54 millones de ciudadanos del país, 25 viven en la pobreza y 14,4 millones de personas necesitan ayuda humanitaria de un modo u otro: 6,9 millones de hombres, 7,5 millones de mujeres y 5 millones de niños.

Antes del golpe del 1 de febrero, ya había unos 340.000 desplazados internos; el golpe provocó 321.000 más. El número de desplazados es inmenso, especialmente en las zonas cristianas.

El cardenal Bo, que también es presidente de la Federación de Conferencias Episcopales de Asia (FABC), describió la situación actual como un momento de «caos, confusión, conflicto y agonía humana vertiginoso crecimiento». La gente vive en una atmósfera de miedo, ansiedad y hambre: «todo Myanmar es una zona de guerra», precisó.

Un conflicto creciente

El cardenal de 73 años afirmó que los obispos siguen acompañando a su pueblo, «apoyando el acceso a la ayuda humanitaria e instando a todas las partes a recorrer un camino de paz y reconciliación».

La ofensiva militar contra los manifestantes ha reavivado viejos conflictos entre los grupos rebeldes armados del país, especialmente en las regiones predominantemente cristianas habitadas por las etnias Kachim, Chi, Karen y Kayah. También han surgido varios grupos independientes de resistencia civil en defensa propia contra las atrocidades de la junta militar.

Cristianos bajo ataque

Entre las regiones más afectadas por el conflicto armado están los estados de Chin, Kayah y Karen. Las iglesias que han ofrecido refugio a los refugiados que huyen de los enfrentamientos entre el ejército y los grupos armados están siendo objeto de ataques y bombardeos por parte de los militares. Se detuvo a sacerdotes y pastores, y se mató a muchos civiles desarmados, entre ellos cristianos.

El conflicto entre el ejército y los grupos armados ha provocado un gran número de desplazados en el país y fuera de sus fronteras. Algunos expertos de la ONU han expresado su temor de que el país pueda caer en una guerra civil en toda regla, con consecuencias aún más dramáticas.

El cardenal Bo deploró los ataques a lugares de culto, en los que murieron personas que buscaban refugio. En particular, la CBCM denunció la masacre de al menos 35 civiles, entre ellos cuatro niños y algunos trabajadores humanitarios, que fueron asesinados o quemados vivos en la víspera de Navidad en la aldea de Mo Son, en el estado de Keyah.

Sanadores y pacificadores

Observando que los cristianos han «sufrido mucho» como consecuencia del golpe, el cardenal Bo expresó la cercanía de la Iglesia a ellos en este » viacrucis «.

«Pero como Iglesia y como cristianos seguimos las indicaciones del Papa Francisco», dijo. «Convirtámonos en el sanador herido, seamos un instrumento de paz; encendamos la lámpara de la esperanza en medio de la frustrante oscuridad».

A la Junta Militar: respetar la libertad y los derechos

Dirigiéndose a los líderes militares, el presidente de los obispos de Myanmar les aseguró que la Iglesia está comprometida con el bien del pueblo y la resolución pacífica de todos los problemas.

«Hemos llamado constantemente al diálogo, a la liberación de los detenidos, a una mayor libertad de expresión y al respeto de los derechos fundamentales de todos», explicó el purpurado, pidiendo urgentemente que se garantice el acceso humanitario a millones de personas afectadas.

No olvidar Myanmar

El arzobispo de Yangon lamentó que, tras «un periodo inicial de interés, Myanmar parece haber desaparecido del radar mundial».

Instó a la comunidad internacional a recordar a Myanmar y a ayudar al país en su lucha por la paz. Esto puede hacerse, explicó, poniendo fin al suministro de armas y garantizando un mayor acceso humanitario a los necesitados.

El Papa Francisco y Myanmar

El papa Francisco, que visitó Myanmar en noviembre de 2017, ha sumado muchas veces su voz al coro de llamamientos de todo el mundo para una resolución pacífica de la crisis en Myanmar.

Su primer llamamiento fue el domingo 7 de febrero de 2021 cuando, tras el rezo del Ángelus, recordó con cariño su visita de 2017, asegurando a la gente su cercanía espiritual, su oración y su solidaridad. «Y rezo para que quienes tienen responsabilidades en el país se pongan con sincera disponibilidad al servicio del bien común, promoviendo la justicia social y la estabilidad nacional, para una armoniosa convivencia democrática», dijo el Papa, invitando a los fieles a un momento de oración silenciosa.

La religiosa ruega que no se haga daño a los manifestantes

La religiosa ruega que no se haga daño a los manifestantes

En otra ocasión, el Papa se sintió profundamente conmovido por el testimonio de una monja javeriana de 45 años, Sor Ann Roda Nu Twang, que el 28 de febrero tuvo el valor de acercarse a un grupo de fuerzas de seguridad armadas en Myitkyna, la capital del estado de Kachin. Arrodillada y con las manos juntas, rogó que no se hiciera daño a los manifestantes pacíficos que se habían refugiado en la clínica donde ella trabajaba. «Yo también me arrodillo en las calles de Myanmar y digo: ¡que cese la violencia!», dijo el Papa Francisco en una evidente referencia a la religiosa. «Yo también extiendo mis brazos y digo: ¡que prevalezca el diálogo!», añadió, lamentando las numerosas vidas perdidas, especialmente de jóvenes.

En su mensaje de Navidad Urbi et Orbi, el Papa rezó por Myanmar, donde «la intolerancia y la violencia golpean con frecuencia incluso a la comunidad cristiana y a los lugares de culto, y oscurecen el rostro pacífico de la población».

Y más recientemente, el 10 de enero, dirigiéndose al cuerpo diplomático recibido en audiencia en el Vaticano, el Pontífice dijo: «El diálogo y la fraternidad son más urgentes que nunca para afrontar con sabiduría y eficacia la crisis que afecta a Myanmar desde hace casi un año». Sus «calles, que antes eran lugares de encuentro, son ahora escenario de enfrentamientos que no perdonan ni siquiera los lugares de oración», lamentó el Santo Padre.