En un mensaje de vídeo, el Secretario del Vaticano para las Relaciones con los Estados anunció el descubrimiento de una correspondencia de principios del siglo XX entre la Santa Sede y el Consejo Rabínico Ashkenazí de Jerusalén, en la que se reiteraba que el principio de fraternidad no podía ser pisoteado. La intervención se enmarca en la campaña #StopAntiSemitism, con motivo del Día de la Memoria del Holocausto que Israel conmemora hoy.

Benedetta Capelli – Ciudad del Vaticano

Una mejor comprensión mutua en el plano teológico «pero también social y político». Estos son los pasos adelante registrados en los últimos años entre la Santa Sede y el Estado de Israel identificados por el Arzobispo Paul Gallagher, Secretario para las Relaciones con los Estados, como lo demuestra el acuerdo bilateral con el que se han establecido las relaciones diplomáticas. Con motivo del Yom HaShoah, Día del Recuerdo del Holocausto que se celebra hoy, el 27 día de Nisán en el calendario judío, se ha puesto en marcha desde hace unos meses la campaña #StopAntiSemitism, promovida por la Embajada de Israel ante la Santa Sede en el marco del 55 aniversario de la Declaración Nostra aetate.

Un clima de paz y serenidad

En su discurso en vídeo, el prelado destacó que ese mismo documento ha fomentado la relación entre el pueblo de Israel y la Iglesia católica, «un proceso histórico de reconciliación y entendimiento mutuo, fruto de ese mismo diálogo del que habla Nostra aetate». Una confrontación, subrayó Monseñor Gallagher, que siempre es necesaria y que «debe ser abierta y respetuosa para que sea fructífera». «El respeto al derecho de los demás a la vida y a la integridad física, a las libertades fundamentales, es decir, a la libertad de conciencia, de pensamiento, de expresión y de religión, nos permite construir juntos un clima de paz, de fraternidad, como ha recordado muchas veces el Papa Francisco en su encíclica Fratelli tutti

Condena del antisemitismo

En su intervención, el Secretario para las Relaciones con los Estados reiteró «la condena del antisemitismo en todas sus formas y especies», contenida en Nostra aetate. Una condena «que no ha aparecido de repente», explicó, sino que es «fruto de actitudes maduradas a lo largo de los años anteriores». El descubrimiento de «una pequeña perla» en el archivo histórico de la sección para las Relaciones con los Estados de la Secretaría de Estado reforzó este pensamiento. Se trata de una correspondencia de 1919 entre el Consejo Rabínico Ashkenazí de Jerusalén y la Santa Sede, en la que el Consejo pedía ayuda a Benedicto XV para que utilizara «toda su influencia y fuerza espiritual para poner fin a los actos de intolerancia y a las medidas antisemitas», de las que eran víctimas las comunidades judías de Europa del Este.

La fraternidad no debe ser pisoteada

Así, «ya en 1919, dentro de estos muros nuestros, circulaba -explicó monseñor Gallagher- la firme convicción de que el principio de fraternidad no podía ser pisoteado por la furia antisemita y se esperaba que se respetara el derecho a la religión». Para el prelado, lo denunciado es un ejemplo «de una gota de agua en un mar» que deja claro que no se puede «tolerar ninguna forma de antisemitismo» y que hay que trabajar para contrarrestarlo. Una acción incisiva como la realizada por el entonces nuncio apostólico en Hungría, Monseñor Angelo Rotta, reconocido como «Justo entre las Naciones» por Yad Vashem por sus esfuerzos para salvar a los judíos del Holocausto. Un trabajo minucioso y cuidadoso que fue posible -subrayó Gallagher- gracias también a la ayuda de monseñor Gennaro Verolino.