El presidente filipino, Rodrigo Duterte, que el sábado anunció que dejará la política, se ganó la antipatía de la comunidad internacional por su letal lucha contra el narcotráfico y sus groseras diatribas, pero sigue siendo muy popular entre los ciudadanos. La campaña organizada contra el crimen por el mandatario, famoso por sus salidas de tono, provocó la muerte de miles de supuestos traficantes y consumidores de drogas, y fue condenada en todo el mundo.
Sin embargo, millones de filipinos han respaldado su visión expeditiva de la justicia, pese a sus bromas sobre la violación, a su forma de acallar a sus detractores y a que no haya logrado atajar la arraigada corrupción que corroe el país.
Las encuestas muestran que Duterte sigue siendo casi tan popular como cuando ascendió al poder, en 2016, cuando prometía que libraría al país de las drogas.
El presidente filipino Rodrigo Duterte comparece ante los medios de comunicación en Manila, el 2 de octubre de 2021© POOL/AFP/Archivos LISA MARIE DAVID
Una confianza que se vio mermada por la pandemia de coronavirus, que sumió a Filipinas en su peor crisis económica en década. Además de causar miles de muertos, el covid-19 dejó a millones de personas sin trabajo, en medio de una lenta campaña de vacunación.
Los dolores de cabeza de Duterte se incrementaron durante su último año en el cargo, después de que la Corte Penal Internacional (CPI) autorizara una investigación por posibles crímenes contra la humanidad durante su violenta guerra contra el narcotráfico.
“Dios es estúpido”
Aunque reiteró de forma incesante que no existía ninguna campaña para matar ilegalmente a consumidores de drogas o traficantes, en sus discursos incitaba a la violencia y, previamente, le había dicho a la policía que matara a sospechosos de tráfico de drogas si sus vidas corrían peligro.
“Si se enteran de que hay adictos, vayan y mátenlos ustedes mismos pues dejar que sus padres lo hagan sería demasiado doloroso”, declaró Duterte horas después de haber sido investido presidente, en junio de 2016.
En otra ocasión, llegó a decir que Dios es “estúpido”, en un país de mayoría católica.
El político, que se burla de las sutilezas diplomáticas, ha llegado con varias horas de retraso a eventos públicos, muchas veces con la camisa medio desabrochada y las mangas arremangadas.
El abogado y exfiscal nació en 1945, hijo de una musulmana y de un exgobernador provincial católico que emigró del centro del país al sur en busca de mejores condiciones de vida.
Antes de acceder a la presidencia de Filipinas, fue alcalde Davao, la tercera ciudad más importante del país, durante 20 años.
Los defensores de los derechos humanos lo acusan de haber organizado escuadrones de la muerte que asesinaron a más de 1.400 personas, incluidos niños, durante aquella época, aunque Duterte ha negado esas acusaciones.
En el plano internacional, su mandato ha estado marcado por un alejamiento de la antigua potencia colonial, Estados Unidos, en favor de China.
“Simplemente amo [al presidente chino] Xi Jiping […] Él entiende mi problema y está dispuesto a ayudar, así que me gustaría decir ‘gracias, China’”, declaró en abril de 2018.
En el marco de este acercamiento, decidió dejar de lado las disputas con Pekín por el Mar de China Meridional, rico en recursos, y decidió cortejar al gigante asiático en busca de inversiones.