Cuando los talibanes llegaron el domingo pasado a la ciudad de Kunduz (norte), Abdulá de 17 años fue obligado a combatir junto a ellos, tras un breve entrenamiento que le valió solamente para oficiar como portador de unos veinte kilos de armas de fuego. Hoy, el joven llegó con su familia a refugiarse Kabul como miles de afganos, huyendo de la ofensiva relámpago de los insurgentes que tomaron el control de más de la mitad de las capitales provinciales afganas en ocho días, hasta llegar a las puertas de la capital.
Abdulá y su familia se instalaron en una carpa, en un suburbio al norte de la capital. Desde allí relata el horror del domingo pasado, su último día en su ciudad.
Este joven afgano sabía que los talibanes no tardarían en llegar a su barrio, pero se sorprendió cuando lo detuvieron en la calle, lo llevaron a una colina cercana y lo obligaron a cargar armas: una bolsa de cabezas RPG (granada propulsada por cohete) a la espalda, de unos veinte kilos, y una caja de municiones en cada mano.
Amenazas a los padres
Con el rostro marcado por el acné, Abdulá asegura haber reconocido junto a los talibanes a varios estudiantes de una madraza (escuela coránica) cercana a Kunduz. Los talibanes reclutaron a 30 o 40 jóvenes allí, algunos con apenas 14 años.
“Les pidieron que tomaran las armas y se unieran a sus filas. Y cuando sus padres vinieron a pedir su liberación, los amenazaron con armas”, dijo el adolescente.
El calvario de Abdulá duró tres horas. Luego, sus familiares lograron convencer a los talibanes de que lo liberaran, la familia decidió entonces huir y él salió a contárselo a su abuelo.
Pero los talibanes seguían ahí. Cuatro combatientes “paquistaníes”, que Abdulá reconoció por su acento, lo detuvieron y se lo llevaron de nuevo para prepararlo al combate.
“Nos golpearon. Todavía tengo las marcas”. Una hora más tarde, estaba equipado con un fusil M16. “Temblaba, no podía sostener mi arma”, recuerda Abdulá, que trabajaba en la peluquería de su padre y nunca antes había estado en un combate.
“Hubo bombardeos aéreos y disparos de tanques. Tres o cuatro niños que llevaban armas fueron alcanzados y murieron cuando explotaron sus bolsas”, porque enfrente estaban las fuerzas afganas que reaccionaban a su vez.
En el choque
La “mitad de los talibanes del grupo” que lo acompañaba resultaron muertos o heridos. Así que Abdulá tienta su suerte, tira su arma y sale corriendo.
Tardó una hora en volver a su barrio: “Estaba conmocionado, ni siquiera podía reconocer nuestra puerta (…) Cuando llegué a casa, ni siquiera estaba seguro de estar vivo”.
La familia se prepara para huir, piden dinero prestado e incluso venden el teléfono de la madre para pagar el viaje. “No trajimos nada con nosotros. Vendimos hasta la comida que teníamos”, se lamenta Abdulá.
Todo lo que dejaron se convirtió en humo cuando su casa fue alcanzada por un proyectil de mortero.
Después de quince horas de viaje, Abdulá finalmente llegó a Kabul junto a sus padres, su abuelo, sus dos hermanas y tres hermanos, el menor de los cuales tiene sólo dos años y medio.
Desde entonces, duermen en el suelo, sin nada más que la ropa que llevan puesta y una manta que les arrojó el día anterior, “un hombre de negocios que pasaba”.