Monseñor Jurkovič, Observador Permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas en Ginebra, abrió su intervención en el sexto encuentro anual sobre el Diálogo Interreligioso con el tema «El papel de la fe en los tiempos del Coronavirus» que tuvo lugar ayer en la ciudad suiza. En su discurso recordó la importancia de «no subestimar los efectos de la pandemia».

Ciudad del Vaticano

El diálogo sincero como herramienta para tener un impacto positivo en el mundo: el Observador Permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas en Ginebra, Monseñor Ivan Jurkovič abrió su intervención en el sexto encuentro anual sobre el Diálogo Interreligioso con el tema «El papel de la fe en los tiempos del Coronavirus» que tuvo lugar ayer en la ciudad suiza.

El prelado comenzó su alocución agradeciendo a las demás personalidades ilustres presentes en el encuentro, destacando la convicción común que les llevó a participar: «Cada uno de nosotros conoce, por experiencia personal, el valor y la importancia de nuestra religión en nuestras vidas. Esta conferencia anual nos permite compartir lo que es más importante para nosotros, en un espíritu de confianza y fraternidad, para que podamos aprender unos de otros, ayudarnos y crecer juntos en el respeto mutuo».

Los efectos del Coronavirus

A continuación, el arzobispo pasó directamente al tema de la reunión: «Todos sabemos lo devastadora que ha sido la pandemia del Coronavirus», señaló.

«Resulta chocante reflexionar sobre el hecho de que hace poco más de un año nadie sabía de la existencia de esta enfermedad, y mucho menos podía imaginar que iba a devastar el mundo. Todos los aspectos de nuestras vidas se han visto alterados: cientos de miles de personas han muerto; otras innumerables sufren graves crisis sanitarias; muchas empresas han cerrado en todo el mundo, algunas de las cuales nunca podrán volver a abrir; las economías nacionales han quedado devastadas; la industria manufacturera se ha paralizado; en muchos lugares, la educación se ha reducido al aprendizaje virtual o ha cesado por completo; y las situaciones de pobreza se han llevado al límite».

A continuación, el análisis del arzobispo se centra en las personas que han sufrido las peores consecuencias de la pandemia, es decir, «los migrantes, los refugiados, los pueblos indígenas, los niños, las madres, los más vulnerables», e invita a no subestimar los efectos de la pandemia:

“Las personas que ya se encontraban en un estado de pobreza severa y que, con la pandemia, se han empobrecido aún más y han muerto de penuria, según Monseñor Jurkovič, deben contarse entre las víctimas de este amargo flagelo como los que han contraído el virus”

No olvidar las «otras» consecuencias de la pandemia

El prelado no olvida tampoco las «otras» consecuencias de la pandemia, aquellas menos palpables pero igualmente dañinas:

«Los efectos más perturbadores del virus son las crisis interiores más sutiles -explica- las restricciones sanitarias que se han implementado en todo el mundo son ciertamente necesarias para garantizar un entorno seguro para todos, sin embargo, el aislamiento en el hogar, así como el uso de una máscara, el sufrimiento de la pérdida de trabajo sumado a la incapacidad de interactuar físicamente con la familia y los amigos han tenido y siguen teniendo un profundo impacto psicológico, emocional y espiritual en cada uno de nosotros».

Desde la perspectiva cristiana, el antiguo principio aristotélico del hombre como ser social adquiere un significado aún más profundo, según el Observador Permanente:

“Dios desea la comunión. El Todopoderoso nos creó a los seres humanos para que entráramos en una relación profunda y significativa con nuestro Creador y con los demás. Sólo a través de este intercambio mutuo y abierto de nosotros mismos encontraremos la verdadera plenitud y la paz”

Recursos y atención médica limitados

Sin embargo, según la reflexión del Observador Permanente de la Santa Sede ante la ONU, «la pandemia de Covid-19 ha exacerbado las tensiones ya existentes y ha aumentado las amenazas a la unidad entre individuos, pueblos, culturas y naciones, así como las desigualdades».

«Cuando los recursos y la atención médica son limitados, es comprensible que cada persona y cada nación busque asegurar y acaparar lo que pueda para sus seres queridos», dijo Monseñor Jurkovič, «sin embargo, este enfoque miope y egoísta está en oposición directa a la unidad y la comunión que realmente trae la plenitud al corazón humano».

“El acaparamiento de vacunas, la celosa insistencia en los derechos de patente, el cierre de fronteras y el repliegue general sobre uno mismo son reacciones comprensibles ante la crisis universal a la que nos enfrentamos, pero estas respuestas, lejos de ayudarnos a sobrevivir a la tormenta de la pandemia, nos infligirán una herida mucho más profunda que el propio Coronavirus: pueden separarnos de lo que nos hace verdaderamente humanos, es decir, nuestra capacidad y deseo de vivir en comunión fraternal”

La fe nos enseña a ver «más allá»

En este sentido, según el arzobispo, «la fe nos enseña a mirar más allá de nosotros mismos y de nuestras necesidades inmediatas»:

«No es casualidad que la mayoría de las principales tradiciones religiosas pongan un fuerte énfasis en el amor desinteresado, colocando en cada uno de nosotros la responsabilidad de cuidar de nuestros hermanos y hermanas», añade destacando la importancia de la fraternidad humana y el papel de las tradiciones religiosas en su promoción, que están en el centro de la última Carta Encíclica del Papa, Fratelli tutti:

“En este documento, el Papa subraya que las diferentes religiones, a partir de su respeto a cada persona humana como criatura llamada a ser hija de Dios, contribuyen significativamente a la construcción de la fraternidad y a la defensa de la justicia en la sociedad”