El Arzobispo de Yangon, en su homilía pronunciada al inicio del camino hacia la Pascua, se inspira en el difícil momento que vive el país para alentar la esperanza. Myanmar, escribe, «no puede estar siempre en el camino del sufrimiento, comencemos nuestros cuarenta días con esperanza y oración por la reconciliación de nuestra nación».

Isabella Piro – Ciudad del Vaticano

A pesar de la pandemia del Covid-19 y del reciente golpe de Estado, Myanmar debe vivir la Cuaresma con gran esperanza: así lo expresó el cardenal Charles Maung Bo, arzobispo de Yangon, en su homilía pronunciada al inicio de los 40 días que preparan la Pascua. Dos son los desafíos a los que se enfrenta el país asiático, recordados por el cardenal: la emergencia sanitaria por el coronavirus que ha causado, hasta la fecha, 142 mil casos en total y más de 3 mil muertes, y el golpe de Estado que tuvo lugar el 1 de febrero por parte de la junta militar y que llevó a la detención de la líder Aung San Suu Kyi. «Esta Cuaresma llega en uno de los momentos más difíciles de nuestra vida personal y del país -señaló el Arzobispo- Nos sentimos bloqueados por la desesperación. Pero ante los grandes desafíos, es el momento de la oración, del ayuno, de la conversión». Myanmar «no puede estar siempre en el camino del sufrimiento», reiteró el cardenal Bo, «comencemos nuestros cuarenta días con esperanza y oración por la reconciliación de nuestra nación». 

Tres, en particular, los «alimentos espirituales» que el cardenal sugirió a los fieles: el primero es el de la «compasión humana» que «se ocupa de los débiles y vulnerables». «La Cuaresma es un tiempo en el que pensamos en las personas que sufren en este mundo -explicó el Arzobispo- Hay millones de personas, en el mundo, para las que la Cuaresma no dura sólo 40 días, sino que es un sufrimiento de toda la vida». Por tanto, es a los necesitados a quienes los cristianos «deben dirigirse», compartiendo con ellos las necesidades básicas, pero también «tratándolos con equidad y ofreciéndoles refugio». El segundo alimento espiritual indicado por el cardenal Bo, en cambio, es el de la «autopurificación mediante la oración, el sacrificio y la limosna», para que cada persona pueda redimirse «del odio y del pecado». Por último, la tercera sugerencia del purpurado se refiere a la esperanza, de la que Myanmar tiene «urgente necesidad». En el último año, de hecho, el país ha sido testigo de «varios desastres», hasta el punto de que «algunos dicen que el vía crucis del pueblo birmano es muy largo y no tiene fin». Pero el arzobispo de Yangon reiteró que la Iglesia católica es «generadora de esperanza» y que, por tanto, «son tiempos de esperanza, no de desesperación».

Ante los «eventos contemporáneos», la exhortación del cardenal fue a «restablecer las prioridades», volviendo «al plan de Dios» y ayunando «de la ira, el odio mutuo, el hambre insaciable de poder y la venganza». «Necesitamos ver el arco iris de la paz, la prosperidad y el perdón», concluyó el cardenal Bo. «Que la reconciliación vuelva a nuestra nación», gracias a «una brújula moral» que apunte hacia «la verdad, liberándonos de la mentira».