Una visión panorámica y un primer balance cuando la crisis sanitaria sigue su curso, aunque cambie de rostro: Alessio Pecorario, del organismo vaticano creado por el Papa Francisco como parte del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral (DSSUI) para expresar la preocupación y el cuidado de la Iglesia por toda la familia humana, habló a nuestros micrófonos. Las vacunas, la pobreza y el trabajo siguen siendo las prioridades, y la esperanza es el motor también para 2022

Gabriella Ceraso – Ciudad del Vaticano 

Crisis interconectadas, pero también contagio de solidaridad: son dos aspectos de la pandemia que cumple ahora dos años, desde las primeras declaraciones de China, lugar de origen del virus, hasta la Organización Mundial de la Salud y el resto del mundo. Un escenario que ha interpelado a todos los ámbitos, incluido el eclesial, poniendo de manifiesto la necesidad de una «conversión», libre de cualquier forma de autorreferencialidad. Alessio Pecorario, coordinador del Grupo de Trabajo de Seguridad de la Comisión Covid -19 del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral del Vaticano, explica el trabajo de este organismo encargado por el Papa en 2020, en el que se hace experiencia de un «camino sinodal entre Iglesia y sociedad, entre religiones, ciencia y política», un ejemplo de aceptación de la que es la mayor lección de la crisis sanitaria, a saber, que nadie se salva solo:

Hoy, 31 de diciembre, se cumplen dos años desde que Wuhan comunicó a la OMS los casos de neumonía atípica, posteriormente denominada Covid-19: un nuevo enemigo, un desafío, un peligro mundial imprevisto. ¿Cómo ha cambiado el mundo, desde su punto de vista, en estos dos años? El Papa nos ha dicho varias veces que no podemos salir igual de esta crisis, así que ¿hemos empeorado o mejorado?

Evaluar si, en general, el mundo ha mejorado o empeorado desde el inicio de la pandemia de Covid-19 no es posible, pero sí podemos recordar la lectura que el Papa Francisco ha hecho desde el inicio de este tremendo momento de prueba para la humanidad, y centrarnos en algunos elementos concretos. Respecto al primer perfil, el reto era y es epocal: estamos hablando de crisis sanitarias y sociopolíticas interconectadas y sin precedentes que han arraigado en todos los sectores de la economía y en todos los estados de la comunidad internacional, en una especie de «globalización a la inversa» o quizá en una «globalización al extremo» en la que quizá fingíamos no leer esas mismas dinámicas que ahora nos parecen enloquecidas, pero que más bien no hacían sino acelerar las contradicciones en las que estábamos inmersos. Por otra parte, si nos fijamos en los elementos concretos de la positividad y la llamada negatividad, podríamos decir, por ejemplo, que en conjunto el binomio paz-desarrollo ha empeorado, y ciertas comparaciones estadísticas nos dan una idea de este cortocircuito. Si correlacionamos, por ejemplo, los datos del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo -Sipri- que nos dicen que en 2020 el gasto militar mundial alcanzó los 1.981 billones de dólares, el mayor incremento desde la crisis financiera y económica de 2008-2009, el otro momento de locura de la globalización, y si lo ponemos al lado del horrible año de la economía, 2020, en el que hemos asistido, según el Fondo Monetario Internacional, a la disminución del producto interior bruto mundial en casi un 5%, nos damos cuenta de estas contradicciones. Elementos positivos, para concluir. Hemos asistido a una explosión de solidaridad, por lo que podemos observar el «contagio» de la solidaridad, que a menudo ha sido más viral que Covid. Pensemos en las organizaciones sin ánimo de lucro del sector sanitario que se han acercado a las públicas haciéndose cargo de pacientes que padecen enfermedades no covid y que no tenían acceso a tratamiento, o en las empresas del sector alimentario que han ofrecido descuentos, «vales de compra» u otras formas de donación de alimentos, o en todas las empresas de los más diversos sectores de la economía que han optado por suspender el reparto de ganancias para el ejercicio 2019 con el fin de atender las necesidades de los trabajadores y de los más necesitados. En conclusión, obviamente no quiero caer en la simplificación de una «mala política» y una buena «sociedad civil», de hecho nuestra experiencia nos enseña que es precisamente de la cooperación de los actores solidarios que nace el bien común, y es precisamente la Comisión Vaticana para el Covid-19 que el Santo Padre concibió como un momento de conexión entre las necesidades locales y la gobernanza mundial en un nivel vertical, por así decirlo, y en un nivel horizontal entre la mejor ciencia y la mejor teología, para salir mejor, y salir juntos, en un camino de amistad social.

En estos dos años de pandemia, la Iglesia también se ha enfrentado a grandes retos y grandes problemas: desde la asistencia a las modalidades de la liturgia, hasta el cuidado de los religiosos, pasando por la muerte de muchos de ellos. ¿Qué lecciones se han aprendido?

Creemos que es necesario reflexionar sobre nuevos modelos de evangelización y comunicación del Evangelio. La pandemia ha puesto de manifiesto la necesidad de la «conversión eclesial» deseada por el Papa Francisco, porque emerge con fuerza la necesidad de vivir el mandato de una «Iglesia en salida», de encarnar un estilo de cuidado que tenga como prerrogativa singular el rasgo «maternal» de las comunidades cristianas. Por lo tanto, debemos seguir implementando acciones eclesiales que hagan madurar esa comunión dinámica que da forma a una Iglesia sinodal, evitando cualquier autorreferencialidad eclesial. Y es nuestro deber construir un camino que se plasme y tome forma en los territorios y parroquias. En este sentido, pienso en la serie de catequesis por la pandemia en la que el Santo Padre nos invita a redescubrir las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad que, en la tradición cristiana, son mucho más que sentimientos o actitudes. Son virtudes infundidas por la gracia del Espíritu Santo y dones que también nos hacen sanadores. Así pues, aunque la Iglesia administra la gracia sanadora de Cristo a través de los sacramentos, y aunque proporciona servicios sanitarios en los rincones más remotos de la tierra, no es en sí misma una experta en la prevención o el tratamiento de la pandemia. Sin embargo, a lo largo de los siglos, y a la luz del Evangelio, la Iglesia ha desarrollado esos principios cardinales que subyacen a la Doctrina Social, el principio de la dignidad de la persona, el principio del bien común, la opción preferencial por los pobres, el destino universal de los bienes y el cuidado de nuestra casa común. Estos principios ayudan a los líderes y gestores de la sociedad a perseguir el crecimiento y el desarrollo humano integral, pero también ayudan a la Iglesia a salir y llegar a los contextos donde más se la necesita.

«Peor que esta crisis es sólo el drama de desperdiciarla», ha dicho el Papa en varias ocasiones al hablar de la pandemia. Esta es una de las razones por las que se creó la Comisión Covid del Vaticano: ¿qué podemos decir si tenemos que hacer un balance? ¿Qué problemas persisten hoy en día, qué llamamientos hay que hacer todavía a la sociedad, a la comunidad científica y a los gobiernos?

Creo que es conveniente empezar por el tema de la salud y, desde este punto de vista, podríamos decir que si la familia humana se enfrenta a nuevas manifestaciones de desigualdades de larga data, como decíamos, ciertamente la desigualdad en el acceso a las vacunas Covid-19 sigue siendo el principal problema y, por tanto, la prioridad. Desde este punto de vista, es necesario seguir insistiendo en un acceso justo y universal a las vacunas y luchar contra lo que el Papa denomina «nacionalismo de las vacunas», por el que los Estados y las empresas, en lugar de cooperar, compiten de forma a menudo perjudicial. En este sentido, lo que ha hecho la Comisión Vaticana es desarrollar el pensamiento del Papa a través de una nota conjunta con la Academia Pontificia para la Vida llamada «Vacuna para todos» y luego ha actuado, digamos, más políticamente, convocando por ejemplo al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede para discutir y mitigar los efectos de la competencia disuasoria y desarrollar un clima de distensión. Otro problema, obviamente en el ámbito de la vacunación, es el de la desinformación y las dudas sobre la vacunación. Por eso apoyamos iniciativas como la de las «religiosas embajadoras» de los programas de vacunación, porque sabemos que las religiosas de las comunidades locales son personas de confianza que pueden ayudar. Otro factor es la recesión económica y la pobreza multidimensional. En este sentido, los datos de 2020 sobre la inseguridad alimentaria son aterradores: según la FAO, 800 millones de personas están desnutridas. Así que debemos seguir trabajando, como hemos hecho hasta ahora, por unos sistemas alimentarios sostenibles y alzar la voz de los excluidos para inspirar un llamamiento a la «justicia alimentaria».  Luego está la cuestión macroscópica del empleo para todos, también en el ámbito económico. Tenemos un aumento de 5,3 a 24,7 millones de desempleados que suman a los 188 millones de 2019 y aquí el reto es crear empleos decentes, sostenibles y resilientes. Pero, para terminar, creo que siempre es importante recordar que esto debe hacerse desde la perspectiva de una ecología integral: así, cuidar de nuestros hermanos y hermanas significa cuidar del hogar que compartimos. Y por último, pero no menos importante en este sentido, está la cuestión de la paz y la seguridad, porque está claro que la seguridad no coincide con la seguridad de una nación o de un grupo de naciones, sino que concierne a todos los seres humanos y a todas las dimensiones del ser humano. Y la Comisión vaticana para el Covid-19, no se cansa de colaborar con los Consejos Pontificios para el Diálogo Interreligioso, la Unidad de los Cristianos y la Cultura para seguir difundiendo y contrastando la difusión de las armas, las de destrucción masiva, y los nuevos medios y métodos de lucha.

¿Cuál es la dirección de 2022 para la Comisión Covid, su clave para entender el mundo post-crisis? En resumen, ¿a qué o a quién debemos mirar para encontrar esperanza?

Yo diría que la reflexión más hermosa la hizo el Papa en su libro tan íntimo «Volvamos a soñar». El Papa Francisco nos dice que las personas que están en los márgenes de la sociedad deben convertirse en protagonistas del cambio social. Y en estas personas diría que podemos apuntar a la esperanza: los que están en los márgenes son los pobres de todo tipo, los migrantes y especialmente los jóvenes que son los nuevos pobres de hoy y de mañana. Desde este punto de vista me viene a la memoria el fuerte mensaje que el Papa dirigió en febrero de 2017, al Movimiento de los Focolares, en el que decía que «el capitalismo sigue produciendo los descartes que luego querría curar», casi los esconde. Y puso el ejemplo de los aviones que contaminan la atmósfera, pero con una pequeña parte del dinero del billete plantarán árboles, para compensar parte del daño creado, o las compañías de juego que financian campañas para curar a los jugadores patológicos que crean. Y el Papa decía que el día en que las empresas armamentísticas financien hospitales para tratar a los niños mutilados por sus bombas, el sistema habrá llegado a su punto álgido. Entonces, ¿dónde debemos buscar la esperanza? Diría en los excluidos que deben convertirse en protagonistas de una «economía de comunión» en la que claramente la distribución universal de los bienes se convierta en la norma para preparar un futuro diferente. En este sentido, creemos que la experiencia de la Comisión Covid es ya una experiencia de cambio, de un camino sinodal entre la Iglesia y la sociedad, entre las religiones, la ciencia y la política, y un pequeño ejemplo de aceptación de lo que es la mayor lección de la pandemia generalizada, a saber, ¡que nadie se salva solo!