A continuación, la catequesis completa del Papa Francisco en la Audiencia general de este miércoles 18 de enero bajo el título de “Jesús, modelo de anuncio”.

El miércoles pasado iniciamos un ciclo de catequesis sobre la pasión de evangelizar, sobre el celo apostólico que debe animar a la Iglesia y a todo cristiano. Hoy miramos al modelo insuperable del anuncio: Jesús.

El Evangelio del día de Navidad lo definía como “Verbo de Dios” (cf. Jn 1,1). El hecho de que Él sea el Verbo, es decir la Palabra, nos indica un aspecto esencial de Jesús: Él está siempre en relación, en salida; nunca solo, siempre en relación y en salida. La palabra, de hecho, existe para ser transmitida, comunicada. Así es Jesús, Palabra eterna del Padre que llega a nosotros, comunicada a nosotros. Cristo no solo tiene palabras de vida, sino que hace de su vida una Palabra, un mensaje: es decir, vive siempre dirigido hacia el Padre y hacia nosotros. Siempre mirando al Padre que lo ha enviado y mirándonos a nosotros por los que Él ha sido enviado.

De hecho, si miramos sus jornadas, descritas en los Evangelios, vemos que la intimidad con el Padre, la oración, es lo primero, por lo que Jesús se levanta temprano, cuando todavía está oscuro, y se dirige a zonas desiertas a rezar, a hablar con el Padre (cf. Mc 1,35; Lc 4,42).

Todas las decisiones y las elecciones más importantes las toma después de haber rezado (cf. Lc 6,12; 9,18). Precisamente en esta relación, en la oración que le une al Padre en el Espíritu, Jesús descubre el sentido de su ser hombre, de su existencia en el mundo, porque Él está en misión por nosotros, enviado del Padre a nosotros.

En este sentido, es interesante el primer gesto público que Él realiza, después de los años de la vida escondida en Nazaret. Jesús no hace un gran prodigio, no lanza un mensaje con efecto, sino que se mezcla con la gente que iba para ser bautizada por Juan. Así nos ofrece la clave de su acción en el mundo: desgastarse por los pecadores, haciéndose solidario con nosotros sin distancias, en el compartir total de la vida.

De hecho, hablando de su misión, dirá que no ha venido “a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mc 10,45). Cada día, después de la oración, Jesús dedica toda su jornada al anuncio del Reino de Dios y a las personas, sobre todo a los más pobres y débiles, a los pecadores y a los enfermos (cf. Mc 1,32-39). Es decir, Jesús está en contacto con el Padre en la oración y luego en contacto con toda la gente para la misión, para la catequesis, para enseñar el camino al Reino de Dios.

Entonces, si queremos representar su estilo de vida con una imagen, no tenemos dificultad en encontrarla: Jesús mismo nos la ofrece, hablando de sí como del buen Pastor, aquel que –dice– “da su vida por las ovejas” (Jn 10,11). Este es Jesús. De hecho, ser el pastor no era solo un trabajo, que requería tiempo y mucho empeño; era una verdadera forma de vida: veinticuatro horas al día, viviendo con el rebaño, acompañándolo a pastar, durmiendo entre las ovejas, cuidando de las más débiles. En otras palabras, Jesús no hace algo por nosotros, sino que da todo, da su vida por nosotros. El suyo es un corazón pastoral (cf. Ez 34,15). Hace de pastor con todos nosotros.

De hecho, para resumir la acción de la Iglesia en una palabra, se usa a menudo precisamente el término “pastoral”. Y para valorar nuestra pastoral, debemos compararnos con el modelo, compararnos con Jesús, Jesús buen Pastor. En primer lugar, podemos preguntarnos: ¿lo imitamos bebiendo de las fuentes de la oración, para que nuestro corazón esté en sintonía con el suyo? La intimidad con Él es, como sugería el bonito volumen  del abad Chautard, “el alma de todo apostolado”. Jesús mismo lo dijo claramente a sus discípulos: “Separados de mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). Si se está con Jesús, se descubre que su corazón pastoral late siempre por quien está extraviado, perdido, alejado.

¿Y el nuestro? Cuántas veces nuestra actitud hacia la gente que es un poco difícil o que es un poco complicada se expresa en estas palabras: «Pues es problema suyo, que se las arregle…». Pero Jesús nunca dijo esto, nunca, sino que siempre fue al encuentro de todos los marginados, los pecadores. Fue acusado de ello, de estar con los pecadores, porque llevaba precisamente a los pecadores la salvación de Dios.

Hemos escuchado la parábola de la oveja perdida, contenida en el capítulo 15 del Evangelio de  Lucas (cf. vv. 4-7). Jesús habla también de la moneda perdida y del hijo pródigo. Si queremos entrenar el celo apostólico, el capítulo 15 de Lucas hay que tenerlo siempre presente. Léanlo a menudo. Ahí descubrimos que Dios no está para contemplar el recinto de sus ovejas y tampoco las amenaza para que no se vayan. Más bien, si una sale y se pierde, no la abandona, sino que la busca. No dice: “¡Se ha ido, culpa suya, asunto suyo!”.

El corazón pastoral reacciona de otra manera: el corazón pastoral sufre, el corazón pastoral se arriesgaSufre: sí, Dios sufre por quien se va y, mientras lo llora, lo ama todavía más. El Señor sufre cuando nos distanciamos de su corazón. Sufre por los que no conocen la belleza de su amor y el calor de su abrazo.

Pero, en respuesta a este sufrimiento, no se cierra, sino que arriesga: deja las noventa y nueve ovejas que están a salvo y se aventura por la única perdida, haciendo algo arriesgado y también irracional, pero acorde con su corazón pastoral, que tiene nostalgia de los que se han ido. La nostalgia de los que se han ido es continúo en Jesús. Y nosotros, cuando escuchamos que alguno ha dejado la Iglesia, ¿qué decimos? “Que se las arregle”. No, Jesús nos enseña la nostalgia de los que se han ido; Jesús no tiene rabia ni resentimiento, sino una irreductible nostalgia de nosotros. Jesús tiene nostalgia de nosotros y ese es el celo de Dios.

Yo me pregunto: ¿y nosotros, tenemos sentimientos similares? Quizá vemos como adversarios o enemigos a los que han dejado el rebaño. “No, se han ido a otra parte, han perdido la fe, les espera el infierno”, y estamos tranquilos. Encontrándoles en la escuela, el trabajo, en las calles de la ciudad, ¿por qué no pensar más bien que tenemos una bonita ocasión de testimoniarles la alegría de un Padre que les ama y que nunca les ha olvidado? No para hacer proselitismo, no, sino para que les llegue la Palabra del Padre, para caminar juntos. Evangelizar no es hacer proselitismo. Hacer proselitismo es una cosa pagana, no es ni religioso ni evangélico. Hay una buena palabra para la gente que se ha ido y nosotros tenemos el honor y la carga de  ser los que digamos esa palabra. Porque la Palabra, Jesús, nos pide esto, que nos acerquemos siempre, con el corazón abierto, a todos, porque Él es así.

¡Quizá seguimos y amamos a Jesús desde hace tiempo y nunca nos hemos preguntado si compartimos sus sentimientos, si sufrimos y arriesgamos en sintonía con el corazón de Jesús, con este corazón pastoral, cercano al corazón pastoral de Jesús!

No se trata de hacer proselitismo, lo he dicho, para que los demás sean “de los nuestros”, no, esto no es cristiano. Se trata de amar para que sean hijos felices de Dios.

Pidamos en la oración la gracia de un corazón pastoral, abierto, de estar cerca de todos, para llevar el mensaje del Señor y también sentir por ellos la nostalgia de Cristo. Porque sin este amor que sufre y arriesga, nuestra vida no va bien. Si nosotros los cristianos no tenemos este amor que sufre y arriesga, corremos el riesgo de pastorearnos sólo a nosotros mismo. Los pastores que son pastores de sí mismo, en lugar de ser pastores del rebaño, son peinadores de ovejas «exquisitas». No debemos ser pastores de nosotros mismos, sino pastores de todos.