sábado, 30 de noviembre de 2019

La Iglesia no es ajena a los matrimonios que sufren, asegura el Papa Francisco

“La Iglesia nunca es ajena, humana ni espiritualmente, a cuantos sufren”, afirmó el Papa Francisco hablando de los matrimonios rotos o que se encuentran en dificultad.

El Papa recibió este sábado 30 de noviembre a los participantes en el curso organizado por el Tribunal de la Rota Romana en el histórico Palacio de la Cancellería sobre la tutela del matrimonio y el cuidado pastoral de las parejas heridas.

Francisco explicó que muchas situaciones difíciles por las que puede atravesar un matrimonio “no pueden tratarse con una aproximación meramente burocrática, casi mecánica. Se trata, más bien, de entrar en la vida de las personas que sufren, que tienen sed de serenidad y de felicidad personal y de pareja”.

Recordó que hoy, “las heridas del matrimonio provienen de muchas y diferentes causas: psicológicas, físicas, ambientales, culturales…; a veces están cerradas por el cierre del corazón humano al amor, por el pecado que nos afecta a todos”.

Este cierre “socava surcos profundos y amargos en los corazones de muchas personas implicadas, heridas sangrientas ante las que la Iglesia no desviará la mirada a otra parte”.

Por ese motivo, “la Iglesia, cuando se encuentra con esta realidad de parejas heridas, en primer lugar, llora y sufre con ellas; se acerca con el aceite del consuelo para aliviar y curar; quiere cargar sobre ella el dolor con el que se encuentra”.

El Papa continuó: “La Iglesia busca siempre y sólo el bien de las personas heridas, busca la verdad de su amor; no tiene otra cosa en mente que sostener su justa y deseada felicidad, la cual, ante que un bien personal al que todos, humanamente aspiran, es un don que Dios reserva a sus hijos y que proviene de Él”.

Por ese motivo, “toda causa eclesiástica que afronta un matrimonio herido, y por lo tanto los trabajadores, los jueces, las partes afectadas, los testimonios, deben siempre en primer lugar confiarse al Espíritu Santo para que, guiados por Él, puedan escuchar con justo criterios, sepan examinar, discernir y juzgar”.

“Un proceso no es algo matemático para ver simplemente qué motivo pesa más que otro. No. Es el Espíritu Santo el que debe guiar el proceso, siempre. Si no está el Espíritu Santo, lo que hacemos no es eclesial”, aseguró.
Fuente: aciprensa.com