viernes, 8 de noviembre de 2019

223ª Asamblea General Ordinaria de la Conferencia Episcopal Paraguaya

Mensaje de los Obispos del Paraguay
Bautizados y enviados: Iglesia Misionera

Los obispos de la CEP nos hemos reunido en Asamblea para rezar, reflexionar, escucharnos y escuchar a nuestros colaboradores, para evaluar nuestro servicio y seguir aportando a la misión de la Iglesia en la realidad de nuestro país. Los pastores, junto con los consagrados, sacerdotes, seminaristas y laicos, queremos hacer realidad una Iglesia más misionera y misericordiosa. Comprendemos y asumimos que la actitud de escucha y el llamado a la conversión permanente son necesarios para ser fieles y fecundos en la misión que nos fue confiada.

Como fruto de este encuentro compartimos a todos los fieles católicos y a la opinión pública en general este mensaje.

El Trienio de la Juventud: Los buenos frutos de la Iglesia
Con la peregrinación de los jóvenes a Caacupé del próximo 30 de noviembre daremos cierre oficial al Trienio de la Juventud (2017-2019). Este tiempo de gracia ha comenzado a dar sus frutos en cuanto a la toma de conciencia de los desafíos que plantean los jóvenes a la acción pastoral de la Iglesia. Hemos iniciado nuevos senderos para un acompañamiento más cercano, escuchando las necesidades, los dolores, los sueños y las esperanzas de nuestros jóvenes, que aspiran a ser auténticos discípulos misioneros de Jesucristo y buenos ciudadanos. Vemos en ellos con esperanza el despertar de esa Iglesia misionera (en salida) al servicio de una nueva sociedad forjada desde los valores del Evangelio.

Al final de estos tres años de caminar “Abrazados a Cristo Jesús” nos alegra el fortalecimiento de la Pastoral de la Juventud, el despertar y el acompañamiento de los procesos vocacionales. En las diócesis se ha fortalecido la participación de los jóvenes. Con sus diversas realidades de vida se sienten llamados y convocados a colaborar en un tiempo nuevo con mejores perspectivas para todos. La desigualdad social que afecta también a nuestros jóvenes, ha sido afrontada en las convocatorias juveniles, motivando una mayor cercanía de unos con otros, una solidaridad más consciente en la construcción del bien común, un mayor compromiso en el cuidado del medio ambiente, la defensa y la promoción de la vida, de la mujer y del varón y de la familia.

Los jóvenes, impulsados por el llamado del Papa Francisco, nos muestran un ejemplo vivo de la Iglesia sinodal, misionera y misericordiosa, más comprometida con nuestra sociedad y con el cuidado de nuestra casa común. 

El gesto común de plantar 75.000 árboles nativos a nivel nacional merece nuestra admiración y debe unirnos a su promesa, de cuidar juntos la vida de todos, la ecología integral.

Hay mucho más por hacer, con tantos jóvenes hambrientos de vida y del amor de Dios. El Trienio concluye, pero seguimos fieles a la misión de pastorear juntos al rebaño joven de Cristo. “En tu palabra echaré las redes” (Lucas 5, 5), respondió Simón Pedro a Jesús, después de una larga noche sin pesca, y la indicación de Cristo llenó las redes. Pedimos al Señor, que ha abrazado la vida de tantos jóvenes, que los siga conduciendo mar adentro en su misión.

Signos de la realidad nacional que siguen necesitando atención
Los acontecimientos sociales y políticos recientes, tanto nacionales como de países hermanos, reclaman la debida atención de las reivindicaciones sociales y de los reclamos ciudadanos. Crisis moral y crisis de confianza en la eficacia de la política conducen a un debilitamiento de la democracia y del orden institucional, como garantías de la paz y de la justicia.

Las demandas de inclusión y de igualdad de trato indican la necesidad de fortalecer y mejorar la democracia participativa y representativa, basada en la promoción y en el respeto de los derechos humanos y enfocada en la edificación de la fraternidad y de la convivencia pacífica. La acción política no puede desconocer los desafíos sociales de nuestro país. El protagonismo de la sociedad civil busca generar cambios importantes para el logro de políticas públicas más justas con asignaciones presupuestarias adecuadas en los campos de la salud, las emergencias sanitarias, la educación, la seguridad alimentaria, la seguridad pública, la seguridad jurídica, la previsión social, el acceso a la tierra y a la vivienda, la promoción eficaz de la economía, la creación de empleos y la promulgación de leyes que favorecen las organizaciones solidarias (cf. Aparecida, 74-76). Todos debemos trabajar para erradicar la pobreza, la corrupción y fortalecer las instituciones, que deben ser el fundamento de la vida social.

Por eso proponemos al gobierno instalar un organismo socio-político-cultural como una mesa de diálogo inter-sectorial, con el fin de permitir el diálogo y la búsqueda de soluciones a los candentes problemas sociales, para vivir en la justicia y la paz.

Exhortamos a los actores políticos, sociales y económicos a poner siempre todo el empeño necesario para implementar políticas públicas eficaces orientadas al bien común. La reducción de la inequidad y la exclusión social y el desarrollo de una mayor empatía con amplios sectores de la sociedad, ayudarán a fortalecer la confianza de la ciudadanía y a prevenir situaciones que desestabilicen la paz. Nos parece valioso recordar el Magisterio de San Juan XXIII, que en su Encíclica Pacem in Terris nos recuerda, que la convivencia civil armoniosa exige el compromiso con la verdad, la justicia, el amor y la libertad: Hay que despojarse de mentiras, respetar los derechos de todos y cumplir las obligaciones, hacer propias las necesidades de los demás, promover la libertad responsable (cf. Pacem in Terris 35).

La misión de los discípulos va de la mano de Cristo, Palabra viva: “Cuando entren en una casa digan primero: Paz a esta casa” (Lucas 10, 5-7). Imploramos al Señor, que siga llenando nuestra casa, nuestro país, de su Paz.

El Sínodo de la Amazonia

Valoramos la iniciativa del Papa Francisco de haber convocado al Sínodo de la Amazonia e invitamos a reflexionar sobre los desafíos que nos plantea. El Santo Padre nos invita a recorrer nuevos caminos como Iglesia para promover una ecología integral. Nos adherimos a la invitación, a partir de “la única conversión al Evangelio vivo, que es Jesucristo”, a cambiar nuestras actitudes y nuestras estructuras pastorales en cinco dimensiones: una conversión integral, pastoral, cultural, ecológica y sinodal.

En comunión eclesial elevamos nuestra voz y convocamos a cuidar la naturaleza y la vida de todos. No más destrucción ni incendios de los bosques chaqueños y de la zona oriental. No más contaminación de nuestros arroyos y ríos. El Chaco paraguayo-boliviano, al igual que el acuífero guaraní, se encuentran en grave peligro y amenaza por la falta de conciencia, por la explotación desmedida de la tierra por parte del hombre y de las empresas nacionales e internacionales cuando no respetan las normas ambientales, por la ausencia de organismos eficaces de protección estatales y por la negligencia o la corrupción de algunos responsables de velar por el cumplimiento fiel de las leyes. Bosques y campos están siendo destruidos y corren peligro, y debemos actuar con medidas protectoras sin demora, al mismo tiempo que deben desarrollarse formas de producción sostenibles y sustentables.

Queremos ser una Iglesia atenta y protectora del medio ambiente, en red con las organizaciones juveniles y sociales que claman por la protección de la ecología integral y la vida de todos los pueblos. El camino sinodal nos lleva a seguir construyendo una Iglesia, en la que todos los rostros de la población paraguaya se unen, arraigando en nuestro presente las semillas de nuestra rica cultura e historia cristiana y nacional.

El mismo camino sinodal nos compromete más con la identidad misionera de la Iglesia, que no teme escuchar y conversar ampliamente, para discernir nuevos caminos de evangelización, con la presencia activa del laicado y el valioso rol de las mujeres, buscando juntos respuestas a nuevos ministerios y a la renovación de las comunidades, en fidelidad al Magisterio, a la Tradición y a la Sagrada Escritura.

“La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos”. (Mateo 9, 38). Aún así, en este mundo cambiante y desafiante, seguimos sembrando la Palabra, confiando en la tierra buena de muchos corazones abiertos a la Gracia. “Los que reciben la semilla en tierra buena, son los que escuchan la Palabra, la aceptan y dan fruto” (Marcos 4, 20).

El desafío apremiante de la educación

La Exhortación Apostólica “Christus Vivit” nos transmite la preocupación de los jóvenes y por los jóvenes en un mundo acelerado y cambiante. El intercambio del Sínodo de los Obispos con los jóvenes (Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, 2018), nos ayuda a tomar conciencia, que no existe “la juventud”, sino jóvenes con sus vidas concretas (CV 71), algunos que viven en contextos de violencia, que son presa de intereses ideológicos, que padecen la marginación y la exclusión en situaciones límites de la vida, otros que viven en condiciones mejores, algunos comprometidos con el presente y el futuro, otros viven esclavos de lo superficial. La realidad joven de nuestro país es una voz permanente. Niños y jóvenes son la gran riqueza de nuestro país, y sus vidas nos interpelan a acompañarlos, protegerlos y prepararlos, y ellos reclaman una mejor educación.

La educación es un bien que queremos ofrecer a nuestros niños y jóvenes. Las escuelas y colegios católicos y la Universidad Católica, son para la Iglesia un compromiso de servicio a las familias y a la sociedad, en la atención y formación de los hijos de nuestras familias. La capacitación con las herramientas del conocimiento y la formación en valores humanos y cristianos, son la respuesta que aportamos cada día en muchas instituciones de todas las Diócesis, la gran mayoría de ellas con escasos recursos. Todas, incluso las instituciones privadas, tienen como fundamento el compromiso social.

En todas partes del país, la Iglesia ha sido muchas veces pionera de la educación. Estamos convencidos del valor inestimable que significa el compromiso educativo de la Iglesia y que el aporte de la educación católica es mayor de lo que es reconocido oficialmente. Esperamos seguir trabajando de forma cada vez más armoniosa con el apoyo del Ministerio de Educación y Ciencias, atentos a lo que nos une: el bien de la educación para los niños y jóvenes. La mesa de diálogo para mejorar el convenio MEC-CEP debe ser una prioridad de ambas partes.

El Papa Francisco Francisco nos exhorta a preparar a las generaciones más jóvenes en las instituciones educativas, para que lleguen a ser “protagonistas del bien común, líderes creativos y responsables de la vida social y civil con una visión correcta del hombre y del mundo” (Papa Francisco a las Universidades Católicas, 4 de noviembre de 2019).

“Ser joven es una gracia, una fortuna” (cf. CV134), un don que no queremos malgastar inútilmente, sino apoyarlo con gratitud y respeto para que alcance su plenitud, en respeto a su dignidad e integridad. El anuncio del Evangelio a los jóvenes es para la Iglesia un don que compartimos, desde la experiencia de los primeros discípulos del Señor: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna” (Juan 6, 38).

Año de la Palabra de Dios, Tiempo de gracia

Como fruto del discernimiento de los Obispos, queremos convocar a todos los fieles católicos del Paraguay, a inaugurar el “Año de la Palabra de Dios”. En la gran fiesta de la Virgen de Caacupé, junto a Ella que escuchó y acogió el Verbo que se hizo carne, queremos comenzar juntos el año pastoral dedicado a la Palabra de Dios.

El año 2020 incluye la feliz recordación de los 50 años de la Federación Bíblica Católica y los 1600 años de la muerte de San Jerónimo, traductor de la Biblia, quien nos advierte que “el desconocimiento de la Escritura, es desconocimiento de Jesucristo”. Nos alegra y motiva este tiempo de gracia en que nuestra Iglesia vuelve a fortalecer su amor a la Palabra y concentra su mirada en la Sagrada Escritura que alimenta nuestro espíritu y nos introduce en la sabiduría divina.

Invitamos a todo el pueblo, todas las parroquias y capillas, todos los grupos y movimientos y a las familias a abrir la Biblia, leer juntos algunos pasajes de la Palabra de Dios y compartir lo que el Espíritu Santo les inspira. La lectio divina realizada de esta manera nos hará arder el corazón y será fuente de vida y compromiso cristiano. ¡Que cada familia tenga una Biblia! ¡Que resuene cada día la Palabra de Dios en todas partes! ¡Que se la anuncie para todos! ¡Para los lejanos y para los que han perdido el entusiasmo de la fe, para la gente sencilla y para los ilustrados; en las cárceles, en el campo, en las oficinas, en las plazas, en las instituciones educativas y en las diversas comunidades eclesiales, en las empresas y en las instituciones públicas!

El camino de los discípulos de Emáus ha sido siempre para la Iglesia un ícono de su propio camino. Ante los muchos desafíos de la misión, necesitamos volver a avivar el fuego, que sólo Cristo es capaz de encender en los corazones de los discípulos. Por eso, el lema de este Año de la Palabra, tiempo de Gracia, recuerda la experiencia de aquellos jóvenes discípulos del Señor: “Nos ardía el corazón, cuando nos explicaba las Escrituras” (cf. Lucas 24, 32).

En camino a la fiesta de la Virgencita Serrana y al Adviento, “preparemos el camino y allanemos los senderos” (Mateo 3,3) para recibir al Verbo eterno y encarnado, a quién nuestra Madre nos invita a escuchar para hacer su Voluntad (Juan 2,5). Reciban todos la bendición del Señor.

Casa de Retiros Emaús, Luque, 8 de noviembre de 2019
Los Obispos del Paraguay.