miércoles, 28 de noviembre de 2018

Comunicado de la presidencia de la Conferencia Episcopal Paraguaya

La paz social, fruto de la conversión y de la justicia. Alzamos nuestra voz a Dios, gritando. (cf. Salmo 77).
La sociedad paraguaya está conmocionada por graves hechos de violencia criminal. Nuestra conciencia nos dicta no permanecer indiferentes e indolentes ante tales situaciones. Estos hechos lastiman la convivencia fraterna y debilitan los fundamentos que garantizan la paz social.

Los crímenes y asesinatos que son de conocimiento público nos interpelan como Iglesia y como sociedad en general. Condenamos estos hechos de violencia, así como los secuestros y el narcotráfico, que causan muerte, dolor y sufrimiento a tantas familias.


La indiferencia ante la violencia en cualquiera de sus formas genera desconfianza y huida, debilitando los espacios de encuentro fraterno y de solidaridad. No queremos una sociedad cruel e inhumana, que permanece callada e insensible ante tanto dolor y sufrimiento, generando con esa actitud un mayor descrédito de las instituciones y la consecuencia de mayores tensiones sociales. (cf. Papa Francisco, Perú, 22 de enero de 2018).


Hemos sido chocados, escandalizados, horrorizados, pero debemos preguntarnos si estos hechos no son un síntoma de problemas morales y sociales más profundos, y si no debemos hacer un examen de conciencia que nos lleve a revisar las acciones y omisiones que dejan crecer el mal y la violencia en medio de nosotros. Muchas voces ya identifican varias causas: la injusticia, la impunidad, el machismo, los desequilibrios socio-ambientales, la débil cohesión en la familia y la sociedad, el consumismo, la propagación mediática de la violencia,… Debemos profundizar la reflexión pero ya no podemos sino ver una serie de males que todos juntos socavan el valor sagrado de la vida, la vida desde la concepción materna; particularmente de la vida más frágil.


Los 10 Mandamientos nos indican que hay límites; nos señalan "el límite de la vida", más allá del cual "el hombre se destruye a sí mismo y a los demás", y arruina su relación con Dios. (Cf. Papa Francisco, 21 de noviembre de 2018)

En la lucha contra estos males, la Iglesia anuncia la posibilidad de una conversión que es esencialmente una nueva apertura a Dios y a los demás. Toda su vida, Jesús dio testimonio de este “nuevo orden”, el “Reino de Dios”, donde la persona es el centro y los pobres los preferidos. Mientras asistimos a un deterioro profundo del tejido social y moral de los grupos y comunidades humanas de nuestro país, queremos proclamar con más vigor y más convicción que la misericordia y la solidaridad son valores por los cuales vale la pena jugarse.

Entre estas comunidades humanas afectadas por el deterioro moral está también la familia. La Iglesia proclama la importancia de hacer de la familia un espacio de cuidado, de protección, de apoyo mutuo, con la necesaria apertura a realidades más amplias: el bien común de toda la sociedad, sin restricción ninguna a consideraciones de raza, de clase, de etnia, ni siquiera de religión.

Esto no se da por sí solo, requiere un compromiso consciente y despierto.

Para sanar y fortalecer la convivencia pacífica e impulsar la disminución de la violencia debemos trabajar por la equidad social, que permita a todos los ciudadanos, en especial a los que pertenecen a los sectores vulnerables, acceder al cuidado integral de su salud, a una educación de calidad, a fuentes de empleo digno, a viviendas e infraestructura que apunten a dotarles de condiciones para una vida digna y saludable.

Todo parte de la conversión del corazón. Somos conscientes de ello, y que es necesario un proceso de profunda transformación cultural, que cambie aquellas prácticas sociales y políticas de tolerancia a la corrupción y a la impunidad, que carcomen los recursos públicos e impiden la consecución del bien común. En palabras del Santo Padre, debemos hacer el esfuerzo por extirpar esa “gangrena” de nuestro pueblo.


Tal como nos enseña el Papa Francisco, “la paz se construye en el día a día, en la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los hombres (…) En cada nación, los habitantes desarrollan la dimensión social de sus vidas configurándose como ciudadanos responsables en el seno de un pueblo…” (E.G., 219-220).


El pueblo católico de nuestro país camina a Caacupé como cada año. La Virgen Inmaculada nos recuerda que su Hijo nos invita a la conversión, para construir su Reino de paz, amor y justicia, en verdad y en libertad auténticas.

El novenario de nuestra Madre, Nuestra Señora de los Milagros de Caacupé, que nos congrega como hijos y hermanos, es una ocasión propicia para poner sobre el altar del Señor nuestras intenciones y nuestro propósito sincero de conversión del corazón y de las actitudes que nos impiden ser auténticos cristianos y ciudadanos de bien.


Exhortamos, pues, a todos los ciudadanos, a los fieles católicos ya las personas de buena voluntad, a asumir decididamente el compromiso de una profunda conversión personal, comunitaria y eclesial, y a trabajar incansablemente por la justicia y por la paz social en el Paraguay, para felicidad de nuestro pueblo.-
Asunción, 28 de noviembre de 2018.-
PRESIDENCIA DE LA CEP